III - CARACTERíSTICAS PRINCIPALES
Algunas de estas características son comunes con las restantes flautas de tres agujeros del Foco Occidental español, pero trataremos de resaltar aquellas que identifican con mayor intensidad a la flauta maragata.
- La flauta maragata está hecha casi siempre en su totalidad de madera, muy torneada sobre todo en la parte de la cabeza, de modo que no suele presentar casi nunca metal ni asta de toro (excepcionalmente en el bisel o para reforzar la parte final o la embocadura). Por esa misma razón, ya se puede deducir que no tiene virolas (aros transversales de asta o metal, típicos de la gaita charra). Es una flauta más ligera y esbelta que la gaita charra, y en general muy manejable y cómoda de tocar. Algunas de las maderas más utilizadas son urz, boj, saúco, nogal, fresno, castaño y encina.
- Cerca del extremo inferior también presenta un canalillo circular torneado, donde se aplican los dedos anular y meñique (generalmente de la mano izquierda) para sujetar la flauta, de modo que no utiliza ningún accesorio tal como aros o cadenas de sujeción, como suele suceder en el txistu o en la gaita charra. El agujero posterior se tapa con el pulgar, y los dos anteriores, con los dedos índice y corazón de la misma mano. En la flauta maragata, el dedo meñique nunca se coloca en el extremo del tubo de la flauta, sino en el citado canalillo, en una postura que no permite tapar el orificio final, práctica habitual, por ejemplo, en el txistu.
- La longitud de la flauta maragata varía dependiendo del artesano constructor y según el propio instrumento, lo que hace que su tono fundamental sea muy variable, generalmente alrededor de la nota LA y unos 40 centímetros de longitud total, siendo frecuentes notas intermedias y desafinadas con respecto a la frecuencia normalizada actual de LA = 440 vibraciones por segundo. Trataremos esta cuestión más adelante.
- Del mismo modo, la distribución de los agujeros suele ser aproximada, no fija. Por ello, no guarda generalmente una proporción exacta la distancia de los distintos agujeros entre sí ni con respecto a la longitud total de la flauta. Esto hace que la distribución de las notas dentro de la escala sea variable, existiendo flautas cuyos sonidos afinan los intervalos relativamente bien, y otras similares (a veces construidas por el mismo artesano) que producen varios sonidos ambiguos, ajenos a la escala diatónica teórica. Este asunto también lo desarrollaremos en el correspondiente apartado.
Las ambigüedades sonoras se producen a causa de que no existe un modelo estandarizado que permita construir todos los instrumentos iguales conforme a una plantilla, como sucede con la dulzaina, la gaita gallega y con el propio txistu. Cada artesano construye las flautas a su manera, a menudo para su propio uso como tamboritero, y como máximo para una limitada venta al público en algunas tiendas de música o en su propia casa y ciertas romerías de modo particular. En este hecho tiene una gran importancia la individualidad del propio intérprete. La flauta maragata o leonesa no se toca habitualmente en agrupaciones, ni siquiera en dúos. El tamboritero se basta a sí mismo para organizar una fiesta, una boda o una procesión. Ni siquiera necesita un acompañante que le marque el ritmo, pues con la otra mano toca el tambor. Para realizar con eficacia esta función en el medio rural tradicional, la flauta maragata no requiere una perfecta afinación. Así, no hay que tocar en un tono determinado, importando poco si se trata de un RE subido una comma o bajado ¼ de tono. Tampoco el intérprete se preocupa mucho por el modo de la canción, alterando frecuentemente la melodía para adaptarla a la escala de su flauta. Muy pocos artesanos, entre los que destaca actualmente José Vega, de Santa Colomba de Somoza, construyen sus flautas con un modelo de plantilla fija personal.
De todas estas características se desprende que, aun respondiendo a un modelo básico general, típico de la provincia de León, cada ejemplar de chifla leonesa o flauta maragata es único. De la mayor parte de ellas puede decirse que cada una suena en su tono, y produce su escala propia. Aquí reside el encanto arcaico de este instrumento, quizá su principal virtud y también su principal problema.
Cada artesano imprime a las faltas su sello personal y característico. Estas tres han sido fabricadas por Pedro Alonso González, de Filiel. Lástima que su avanzada edad no le permita seguir trabajando la madera.
En estas dos flautas, hechas por Adelino Rodríguez Arias, el tamboritero de Peñalba de Santiago (El Bierzo), se puede apreciar un discreto uso del metal. Una de ellas presenta un refuerzo final, para que no se abra la madera; la otra tiene una anillo que sirve para empalmar las dos partes que la forman.
Las flautas de José Vega Carrera, de Santa Colomba de Somoza, son inconfundibles por su robustez y su ancha embocadura. Al ser construidas según una plantilla personal fija, suelen utilizarse en las escuelas de chifla.
Eduardo Pérez Vega, de Astorga, ha reforzado esta chifla con asta de vaca en la parte final. Sus flautas tienen un estilo puro y rústico.
Vigencia actual del instrumento
En la actualidad son escasos los tamboriteros y los constructores artesanales de flautas maragatas. Este instrumento leonés tan característico tampoco ha sido muy divulgado en los medios educativos, por lo que para mucha gente es un gran desconocido. Solamente en algunas de las comarcas que hemos citado están familiarizados con él. Hasta hace muy pocos años, todos los mozos cuando trabajaban de pastores se entretenían en fabricar y tocar las flautas, de modo que es habitual ver en ferias y fiestas diversas de la Maragatería, como la célebre Romería de Los Remedios de Luyego, que muchos espontáneos se arrancan a tocar la flauta y el tamboril con gran maestría. Sin embargo, no abunda la afición entre los jóvenes actuales. Los tamboriteros se quejan a menudo de que no tienen aprendices y que la juventud no valora el aprendizaje de la flauta y el tamboril.
ROMERÍA DE LOS REMEDIOS, EN LUYEGO DE SOMOZA
Estas tres fotografías de la Romería de Luyego han sido cedidas por Antonio Berciano.
En las fiestas maragatas se improvisa el baile en cuanto se oye sonar la flauta y el tambor. En la Romería de Los Remedios, de Luyego, conviven las modernas atracciones de feria con el ancestral sonido de la flauta. Aquí tenemos a Pedro, hijo y digno sucesor del famoso Aquilino Pastor, en una de sus habituales intervenciones.
En esta romería se pueden ver y escuchar a los más importantes tamboriteros maragatos, con o sin el traje típico. Uno de los que nunca faltan es Maximiliano Arce.
En la Romería de Nuestra Señora de los Remedios, que se celebra en Luyego de Somoza el segundo domingo de octubre, no solamente podemos encontrar las típicas manifestaciones de la religiosidad popular y la música y bailes tradicionales maragatos. Es también la mejor ocasión para contactar directamente con los artesanos que se dedican a la construcción de castañuelas, flautas y tamboriles maragatos, y para probar y elegir nuestros instrumentos favoritos. En esta fotografía podemos ver el puesto de venta de José Vega, el artesano constructor de Santa Colomba de Somoza, pero no muy lejos había otros puestos, como el de Eduardo Pérez Vega, de Astorga, el de Pedro Alonso, de Filiel, el de Piedras Albas, etc.
Desde hace unos años se ha comenzado a divulgar el aprendizaje de estos instrumentos en escuelas municipales como la de León y la de Astorga, y los grupos de aficionados a la música y baile tradicionales utilizan a menudo la chifla en sus interpretaciones. Sin embargo, ni siquiera es fácil encontrar hoy día flautas maragatas en las tiendas de música, y no abundan en el comercio las grabaciones de música de flauta y tamboril, entre las que podemos destacar las de los tamboriteros Aquilino Pastor o Maximiliano Arce, por ejemplo.
La vigencia actual y la supervivencia en el futuro de este instrumento podría depender de la puesta en práctica de muchas medidas como la difusión y admiración por la flauta, el que la toca y el que la construye, el fomento del amor por la cultura tradicional (tanto del propio pueblo como la de otras regiones y países), la existencia de más escuelas de flauta y tamboril, cursos o talleres de construcción de ambos instrumentos, exposición y comercialización de los mismos, subvención y contratación de músicos para actuaciones y grabaciones, e interés en el instrumento por parte de los practicantes de otros tipos de música más o menos afines, como la clásica o la de raíz tradicional. Pero, aparte de estas y otras posibles medidas urgentes, la supervivencia de la flauta maragata tiene mucho que ver con la cuestión de las características y posibilidades de evolución musical del instrumento.
En este tema de la evolución, existe la posibilidad de encontrar una fuerte controversia, porque, dependiendo de la mentalidad con que se aborde, caben dos posturas radicalmente contrapuestas. Por un lado, podemos considerar que, puesto que éste es un instrumento arcaico y pastoril, que no se toca con partitura sino de oído, y cuyo aprendizaje suele ser por tradición familiar, ejecutando fundamentalmente melodías tradicionales, necesita mantener su carácter individual y no temperado musicalmente, sin someterse a canon de ninguna clase. Esta posición se fundamenta en el carácter peculiar que tiene el folklore de cada región y de cada pueblo, tanto en el canto como en el baile o el sonido de sus instrumentos. Si por unificación de instrumentos y estilos se llegaran a suprimir las diferencias tradicionales entre unas zonas y otras, se estaría rompiendo la esencia del folklore y su riqueza más preciada: la diversidad. La flauta debería mantener la sonoridad de siempre, el estilo interpretativo de siempre, el repertorio de siempre y tocarse en el mismo ambiente de siempre.
La otra postura consiste en considerar que un instrumento de origen folklórico no debe paralizar su propia evolución musical, dado que a través de los tiempos, todos los utensilios (incluyendo también los instrumentos musicales) están sometidos a una evolución natural, paralela a la de la sociedad en cuyo seno se han desarrollado. En el caso de la flauta, nadie pone en duda que hasta llegar al modelo actual también ha evolucionado (por ejemplo, con la aparición del aeroducto en forma de pico donde antes podía haber una simple escotadura, el desplazamiento de uno de los agujeros a la parte posterior para permitir su manejo con una sola mano, los cambios en la longitud del instrumento y su morfología en las diferentes regiones, etc.). Por eso, el instrumento debería seguir evolucionando, aunque ello exija una actualización en aspectos como su construcción o la técnica interpretativa. Esta es la mentalidad que ha conducido a instrumentos totalmente cromáticos como son hoy día el txistu vasco, o la actual dulzaina castellana de llaves. Muy pocos se atreverían a negar el valor y la representatividad de estos instrumentos en la música tradicional. Ambas posturas son válidas, y muy interesantes, pero difícilmente compatibles. Y sin embargo, se pueden combinar los valores positivos de cada una de ellas para conseguir la mayor dignificación de nuestro querido instrumento.
Si nos limitamos a su utilización en el mundo de la cultura rural tradicional, la chifla no precisa normalización de tono, porque no va a tocar con otras flautas; no necesita temperamento porque no va a llevar ningún acompañamiento armónico; y la afinación que necesita es muy rudimentaria, importándole poco si los intervalos melódicos son más o menos perfectos. Teniendo presentes estos hechos, debemos reconocer que en el momento actual, las características de la flauta maragata y las necesidades del instrumento en el folklore no demandan una evolución tan drástica como la que se ha producido en el txistu, pero tampoco se beneficiarían de un inmovilismo totalmente cerrado. Nos gusta la flauta tal como es, pero al mismo tiempo valoramos que suene bien, que afine correctamente. Para ello no hacen falta muchos cambios. Sólo sería necesario cuidar con esmero el proceso de afinación de la flauta, tanto en el momento de su construcción artesanal, como en el de la interpretación musical. Si se consigue un mayor acercamiento de las notas emitidas por la flauta a los de la actual escala musical temperada, este instrumento adquiriría la capacidad de poder tocar en grupo o junto a instrumentos de otros tipos sin desafinar. Por ello, se vería favorecida la posibilidad de poner en marcha o potenciar las escuelas de flauta y tamboril, contribuyendo a la propia educación musical de los aprendices de este instrumento y poniéndolo mucho más al alcance de los aficionados y profesionales de la música, incluidos los compositores actuales.
Ninguna de estas mejoras afectaría negativamente a las características ancestrales de la flauta, a su típica sonoridad, a su tesitura, a su técnica básica de ejecución, a la individualidad de cada flauta... En pocas palabras, es compatible hasta cierto punto la conservación de todas estas características de la flauta maragata y su funcionalidad en el campo de la cultura tradicional con la afinación y el temperamento musical modernos. La flauta no rehúye la afinación actual. De hecho ya existen flautas maragatas que presentan una afinación muy aceptable desde el punto de vista musical, y no por ello han perdido su carácter arcaico y peculiar.
Por otra parte, la afinación no supone forzosamente una uniformidad. Pueden seguir existiendo flautas de diferentes tamaños que tocarían correctamente en distintos tonos. Incluso, aunque dos flautas afinen igual, no suenan igual, tienen más o menos suavidad o dureza, suenan con mayor o menor fuerza, son más ligeras o pesadas... Y finalmente, el toque personal es fundamental. Quien va a hacer sonar la flauta a su aire es el tamboritero, con su estilo propio e inimitable de ligados, adornos y floreos. La flauta maragata se toca de una forma instintiva, sin atenerse a una partitura, respondiendo al ánimo del intérprete, a su saber y a su experiencia.
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