LEÓN SALAMANCA ZAMORA | PAIS LEONÉS


VI - ORDOñO II, EL REY DE TODOS

Fiero como un jabalí, enérgico y batallador, el monarca que se instaló de forma definitiva en León amplió las fronteras del reino y plantó cara a todos sus enemigos.

En tiempos de García, primer rey de León, el condado de Castilla no era más que un minúsculo territorio comprendido entre la parte oriental de Cantabria y la occidental vascongada, con una prolongación hacia el sur por la sierra de Neila, los picos de Urbión el noroeste del sistema Ibérico, en el nacimiento del río Arlanza, que era el epicentro del linaje de los Lara, familia tan poderosa, seno donde parece que nació Fernán González. El condado de Castilla era tributario del reino astur desde los orígenes de éste, de la misma forma que lo fue de León al tomar éste la corona de aquél, hasta la rebelión de Fernán González.

Étnicamente había en Castilla elementos várdulos y vascones que no existían en León, y más tarde en su repoblación habían intervenido poco los elementos mozárabes, que acudieron más al territorio leonés, más sociable y acogedor, y por lo tanto menos expuesto. La duricia y la rudeza del carácter genuino de los castellanos ya se manifestaba entonces.

Socialmente en Castilla no hubo los grandes magnates que sí existieron en León, sino pequeños infanzones y hombres libres agrupados en pequeñas comunidades. Castilla fue también hostil a la infl uencia francesa que traerían más tarde los clérigos y monjes de más allá de los montes pirenaicos, por contra tan bien acogidos en la corte leonesa pronto «dominantes en las altas jerarquías», escribe el historiador Ferran Soldevila.

Jurídicamente, los leoneses habían adoptado la tradición visigoda y la ley escrita del Forum judiciorum, mientras que los castellanos concedían la primacía «a las costumbres, al fuero llamado de albedrío, que permitía sentenciar por fazañas» (Ferran Soldevila), lo que no deja de apuntar ya, a nuestro juicio, un carácter claramente colonizador y autoritario, duro incluso consigo mismo y agresor en su área exterior, a quien vencía e imponía. A los castellanos, además, les irritaba tener que ir a León para dirimir sus pleitos.

En el aspecto lingüístico también existían diferencias pues se hablaban «dos dialectos diferentes, caracterizado el castellano por una evolución morfológica más rápida por una fonética más dura, sin las suavidades de la s sonora y de la g y la j, que el castellano pronunciaba sibilante aquélla, guturales éstas, como hoy, a diferencia del leonés y de otras lenguas neolatinas hispánicas, y de casi todas las lenguas neolatinas europeas. A los oídos de los leoneses, este lenguaje sonaba estridente. Es lo que expresaba el autor del poema de la conquista de Almería, escrito hacia 1150. «Illorum lingua resonat quasi tympano tuba». («Su lengua suena al tímpano como una trompeta.»)

Y en el mismo poema este otro verso: «Castellae vires per saecuela fuere rebelles» («Las energías de Castilla, durante siglos, fueron rebeldes») en Historia de España, de Ferran Soldevila.

Carácter, fonética, etnia y sistema judicial, pues, ligados intrínsecamente a una cultura que no tardando muchos años empezaría a germinar en los frutos de la expansión y la dominación.

Ordoño II, Rey de León, 914-924. Hijo de Alfonso III el Magno de Asturias y de Jimena de Navarra. Casó en primeras nupcias con Elvira Nuña, hija del repoblador de Coimbra, Hermenegildo Gutiérrez, y tía de san Rosendo. (San Rosendo es un hombre y nombre importante para tenerlo como referencia ya que está bastante vinculado al reino y es de una proyección e influencia importantes. Fue obispo de Mondoñedo y de Compostela (925) y nombrado virrey de Galicia por quien será más tarde rey de León, Sancho I. Defendió con energía las costas gallegas contra las invasiones normandas y en esta tarea estuvo ayudado por el conde Gonzalo Sánchez.)

Tras la inesperada muerte de su hermano García I en Zamora (19 de enero de 914), dejó Galicia donde ya reinaba desde 910 y marchó a León donde fue aclamado como rey por lo que ha sido conocido como una asamblea de magnates y prelados. Esto es, muerto el rey García a principios de 914, hubo de transcurrir algún tiempo, seguramente meses, mientras Ordoño vino de Galicia y reunió aquel solemne y general concilio de magnates, obispos y abades que le proclamaron rey, mientras doce pontífi ces le ungían y le colocaban la corona sobre su frente. Puede que esta ceremonia se celebrase hacia mediados de ese año (914) y se hizo en León, en el antiguo campo fortificado de la Legión Séptima romana, que no era más que un rectángulo de 705 por 308 metros rodeado por un muro, pero que desde ahora se convertía en la urbs regia.

Príncipe enérgico y batallador, sometió a su autoridad única los territorios del reino astur-leonés, con el galaico-portugués y las regiones de nueva colonización, aunque siendo infante ya había realizado algunas incursiones por el territorio almorávide. Según la Crónica silense (historiador del siglo XI cuyo nombre es desconocido, aunque podría ser natural de cerca de Toledo y más tarde residir en Silos, de ahí su nombre) Ordoño era «un hombre prudente y previsor, de una probidad acrisolada en el gobierno, justo con los ciudadanos y misericordioso con los pobres». Ordoño continuará con un ardor juvenil la política de su padre. No obstante son sus tiempos más difíciles pues en Córdoba empieza a reinar nada menos que Abd al-Rahman III, robusteciendo el poder en sus territorios.

Ya en vida de su padre Alfonso III el Magno, y de su hermano García I, antes de ser ungido rey, hizo por el al-Andalus dos expediciones muy audaces de las que nos habla la Crónica silense inspirándose en historiadores árabes. En la primera tomó la ciudad de Regel, «que era considerada como una de las más fuertes y opulentas entre todas las ciudades occidentales de los bárbaros», llegando quizá a Sevilla. La segunda de sus expediciones estuvo dirigida contra Évora, en el verano de 913 y su éxito fue muy grande, tanto que en ella pereció el gobernador Marwan Abd al-Malik con los setecientos hombres de guarnición. La magna captivorum turba del cronista cristiano fue, según el cronista musulmán Al-Nasir, una muchedumbre de cuatro mil prisioneros, en su mayor parte mujeres y niños.

En 914, ya rey, se dirige hasta Mérida y ataca cerca de allí tomando por asalto el castillo de la Culebra, que los musulmanes llamaban Kalat al-Hanash, y más tarde, según el Silense, Alange.

En 915 hubo una gran hambruna en Andalucía, miles de hombres murieron de necesidad y debido a esto se cortaron las expediciones contra los cristianos. Otro tanto debió de suceder en el bando de los que ellos llamaban los infieles, además el rey Ordoño debía estar convaleciente, a juzgar por estas palabras de una donación que hizo a Mondoñedo el 1 de diciembre de 914: «Tengo el presentimiento de que la muerte se me avecina, y de que no hay para mí esperanza, sino en la misericordia de Dios omnipotente y en la intercesión de los santos», en Ibn Idhari, traducción de Fagnan; en Chartes royales léonaises, de Barrau-Dihigo; en Revue Hispanique, 1903; o en Historia de la Sagrada Iglesia de Santiago, de López Ferreiro.

Desde 916 el primer objetivo de Abd al-Rahman es la frontera del Duero. En julio de ese año manda un ejército a las órdenes de Ahmed ibn Muhammad ibn Abi Abda, quien entra en territorio leonés sembrando el saqueo. El mismo general, al año siguiente, es decir, en 917, avanza desde Medinaceli hasta San Esteban de Gormaz o Castromoros, una de las principales fortalezas en la frontera condal castellana. Ordoño llegó en su ayuda y la lucha encarnizada acabó desastrosamente para los musulmanes.

«No hay número con que contar los muertos —dice Sampiro—. Desde la orilla del Duero hasta el castillo de Atienza y Paracuellos, todo estaba cubierto de cadáveres». Un cronista árabe, Ibn Idhari confiesa la derrota y nos dice que el jefe de la expedición fue el viejo general Ahmed ben Abi Abda, cuya kunya (voz árabe que forma parte del nombre con la que se indica la relación de paternidad. Se expresa con las palabras Abu, padre, y Umm, madre. También puede ser ficticia y tener sólo valor honorífi co) era Abu-l-Abbad, es decir, padre de Abbd, y que Sampiro lo llama simplemente Abulhapaz. De este general nos sigue hablando Sampiro, diciéndonos que «quedó tendido en el campo y que su cadáver fue colgado con la cabeza de un jabalí en la muralla de San Esteban». Después de esta grandiosa victoria Ordoño quiso proveer dignamente a las necesidades de la iglesia en la nueva capital del reino, y de la Crónica silense se extrae que «cuando llegó a León, para dar gracias por tan grandes victorias, mandó transformar su propio palacio en iglesia de la bienaventurada Virgen María, trasladando al interior la sede pontifical, que antes tenía su asiento en la iglesia de San Pedro, extramuros, y enriqueciendo la pequeña diócesis de la época anterior con amplias donaciones de villas e iglesias».

C. Santos para el Diario de León

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