La sucesión «escogida» del hermano de Ordoño II, en detrimento de los tres hijos varones del difunto monarca, sellaría un reinado impopular que duraría tan sólo un año y dos meses.
Rey de León, 924-925. Hijo de Alfonso III el Magno de Asturias y de la esposa de éste, Jimena de Navarra. Era hermano de los reyes anteriores. Casó en primeras nupcias con Nunilo Jimena (hacia 911), también llamada Nunila o Nunilona, de origen vascón, hija de Sancho I Garcés de Pamplona y de Toda Aznar, con quien parece ser tuvo tres hijos. Su segunda esposa se llamó Urraca (hay constancia al menos desde 917), hija del príncipe de Tudela quien según Ibd Jaldún pertenecía a la familia de los Banu Qasi, descendientes del conde godo Casius (Qasi) que gobernó en la Marca Superior en el primer cuarto del siglo X, familia muladí, pues así se les llamaba a los cristianos hispánicos que durante la ocupación y dominio árabe abrazaban el islamismo, religión a la que pudo acogerse al menos durante una época aprovechando que los súbditos bajo el islam pagaban menos impuestos que aquellos llamados «infieles» o sujetos a la religión cristiana, lo que luego no se llevaría a la práctica con tanta facilidad. Tras la abdicación de su padre heredó la parte asturiana del reino de León y allí se mantuvo hasta que le llegó el tiempo de la sucesión con la muerte de su hermano. Durante el reinado de su hermano Ordoño II (914-924) mantuvo con él buenas relaciones, actitudes disciplentes y complicidad con la capitalidad y el reino, manteniéndose al margen de intrigas y zancadillas que pudieran contravenir los grandes intereses puestos en afianzar el territorio reconquistado, cuando más, o, cuando menos, no facilitar los repetidos envistes de las fuerzas musulmanas, que indudablemente sabrían aprovecharse de las disputas internas debilitando las resistencias y, en consecuencia, favoreciendo la merma de los territorios y fragmentando el poder. Parece que eran tan buenas las relaciones que mantenían ambos hermanos, uno en León y hegemónico sobre el reino, y otro en Asturias, digámoslo así, en una situación de subalterno, que en alguna ocasión se le puede ver a Fruela II confirmando en la capital, en León, los diplomas dados por su hermano Ordoño, síntoma más que evidente de que entre ellos no había relaciones hostiles. Y en uno de los escritos según el cual Ordoño y su primera esposa Elvira Nuña fundan el monasterio de San Andrés de Pardomino, hecho en el año tercero de su reinado, esto es, en 917, vemos que después de los nombres de los fundadores, están los de sus hermanos de Oviedo: Froila rex, Urraca regina. Para entonces Fruela II ya estaba casado con su segunda esposa, esta Urraca que según el cronista árabe Ibn Jaldún era hija del príncipe moro de Tudela, Abd Allah ben Muhammad ben Lope, el último de los Banu Qasi. La actitud coherente y reflexiva de Fruela II fue también de importancia clave para mantener en un cierto orden el condado de Castilla, una parte minúscula comparada con la grandeza territorial del reino de León, en el extremo oriental de éste, donde empezaban a tener cierta actividad pensamientos insumisos y claras incomodidades cuyo referente era León, base sostenida desde el convencimiento de una creciente y poderosa personalidad. No se había producido todavía el levantamiento castellano, aunque, naturalmente, cuando ocurre el definitivo no es que nazca de la nada, sino que lleva tiempo gestándose. De modo que en estos años no es aventurado pensar que hubiera conatos de rebelión sin que llegaran a fraguar en la forma definitiva en que lo hicieron más tarde. De hecho, el presumible escaso compromiso de los condes castellanos en la batalla de Valdejunquera, bien podría ser el inicio de que algo displicente se estaba cociendo en aquellos condados. Fernán González era todavía un niño (4 años) cuando sucedió la derrota de Valdejunquera, y hoy seguía siéndolo (9 años) en los tiempos que nos ocupan (925). En realidad no rigió la mandación paterna hasta el 929, siendo titulado conde en 932 y no se declaró en abierta rebeldía contra León hasta once años más tarde, en 943, pero en esos años reinaba en León uno de los grandes reyes del reino, Ramiro II, y no pudo lograr la secesión de Castilla, que no la independencia plena, hasta 951, muerto ya Ramiro y entronizado otro Ordoño, el Tercero, con el que empezaría la decadencia leonesa.
Un rey electo
Fruela II, visto desde una lógica sucesión de hoy, no debería haber subido al trono de León, a no ser que pensemos en la tradición goda de llegar al trono electivamente y no hereditariamente, o por cualquier otro motivo más o menos conjeturable, aunque como ya hemos dicho la ascensión al trono era electiva y esa práctica fue llevada a cabo desde los godos hasta los leoneses, pasando por los astures. No podemos olvidar que era el tercer hijo de Alfonso III el Magno de Asturias y, aunque si bien es cierto que el primogénito de éste, García I, no dejó descendencia al morir prematura e inesperadamente (Zamora), su hermano Ordoño II, casado con Elvira Nuña, dejó a tres varones, Sancho, Alfonso y Ramiro, por este orden, lo que hacía presagiar la continuidad del reino por esta rama. No fue así, sin embargo, al menos de momento, ya que siguiendo normas de sucesión desconocidas, a no ser por las apuntadas anteriormente, u otras razones aún más desconocidas para nosotros, Fruela regresó de Asturias y se hizo con el control del poder y del trono, desplazando a sus sobrinos. Sobre este pasado no hemos encontrado más que oscuridad, pero sí nos parece extraño que aunque las formas de acceso a la corona fueran electivas, no debe olvidarse de que había una rama principal que podía optar a ella, como ha ocurrido en otras ocasiones, sin embargo sus partidarios debieron de imponerse a los hijos de Ordoño II y entronizaron a Fruela. ¿Hubo, tal vez, alguna forma d acuerd oentre Ordoño II y su hermano Fruela? ¿La buena sintonía entre los dos respondía a algún tipo de interés previsto? ¿Relegando a los propios hijos? No nos parece factible desde una mirada ni desde una reflexión simples.
Para nosotros esta etapa del reino nos ha resultado especialmente oscura y difusa. Tampoco hemos conseguido especiales notas que nos lleven a razonar por qué Fruela II nunca gozó del ánimo popular. Sin embargo, sí es cierto que la mayoría de las crónicas de la época exponen, efectivamente, que nunca gozó del fervor ni del favor popular. Y esas razones quizá haya que ir a buscarlas en esa «usurpación» del poder, lo que nosotros ponemos en duda, o en otras decisiones tal vez no muy acertadas, como la de mandar matar a Gebuldo y Aresindo, hijos de Olmundo, un magnate visigodo, hijo nada menos que de Vitiza, el famoso rey visigodo entre 702 y 710, o la de desterrar, con culpa o sin ella (si la hubo la desconocemos) al obispo de León, Frunimio, quien según Menéndez Pidal era hermano de los asesinados anteriormente y por lo tanto hijo también del magnate visigodo Olmundo. «Dios -añade Sampiro- le castigó abreviando su vida, pues no reinó más que un año y dos meses.» Fue también un hombre débil, o eso extraemos de los pocos conceptos que hemos encontrado de él, situado en estas actitudes precisamente en las antípodas de su hermano Ordoño II, y ésta pudiera ser otra causa de esa impopularidad general. No obstante todo lo dicho, no nos parece suficiente culpa, con toda la que estaba y había estado cayendo y en los tiempos en que se vivía, como para marcar de por vida a un monarca en el ejercicio de su reinado. Sea como fuere, lo cierto es que a Fruela II le acompañó un reinado pleno de impopularidad, poco agradecido y hasta con un cierto sabor amargo. Algunos se han aventurado a decir que poco antes de morir ya le había tomado la delantera una terrible enfermedad: la lepra. La muerte de Fruela II podemos situarla en el año 925, seguramente a principios de verano.
Tuvo tres hijos, según el obispo Pelayo, que se llamaron Alfonso, Ordoño y Ramiro. Menéndez Pidal, sin embargo, habla de que no «existe confirmación cierta», pero sin que lo niegue categóricamente, y para Ibn Jaldún, cronista árabe a quien ya hemos aludido en otras ocasiones, no sólo tuvo tres hijos, sino que nos dice que el segundo y el tercero de ellos los tuvo con su segunda esposa, Urraca, la hija del señor de Tudela.
Su muerte, con todo el campo bien abonado por la impopularidad y por unos sobrinos relegados del poder, lo que es de suponer que también ayudaría a incrementar su trabajo de descrédito, trajo consigo una crisis sucesoria que sin embargo se solucionó con la continuidad efímera del hijo del difunto.
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