LEÓN SALAMANCA ZAMORA | PAIS LEONÉS


IX - UN REINADO DE TAN SóLO UNOS MESES

Alfonso Froilaz, «el Jorobado», heredaría un trono efímero y la adversión que suscitaba su padre; batalló y perdió una corona que pasó a manos del segundo de los hijos de Ordoño II.

Rey de León, 925-925. Hijo primogénito de Fruela II y de la primera esposa de éste, Nunilo Jimena. Para algunos autores fue el padre del futuro Ordoño IV.

He aquí una línea lógica de sucesión, la del hijo siguiendo los derechos del padre, que sin embargo ha ofrecido durante mucho tiempo enormes sombras sobre quién fue el siguiente rey en la cronología de los monarcas leoneses, dado que el reinado de Alfonso Froilaz pasó tan de puntillas y fue tan efímero (apenas unos meses), que buena parte de la historia ha ofrecido la información de que el inmediato sucesor de Fruela II fue su sobrino Alfonso IV el Monje. Incluso hoy todavía existen fuentes en las que Alfonso Froilaz no aparece como heredero al trono leonés a la muerte de su padre Fruela II, y dudas, y reticencias que únicamente pueden contribuir a salir del paso, caminar de soslayo por una época lejana y oscura, difícil y ardua en la información escasa, quizá también perdida o destruida, pero que en modo alguno aborda tangencialmente, decididamente, con rigor histórico y lupa para el más mínimo indicio del más pequeño detalle en el menor de los párrafos, la secuencia hereditaria en el trono de León.

Qué vamos a decir nosotros de Sánchez Albornoz. Él ha sido uno de nuestros grandes historiadores, si no el más grande todos, metódico y meticuloso. Y gracias a él, que pudo demostrar quién fue el siguiente engranaje en esa línea de monarcas en el reino de León, hemos llegado a saber que el verdadero sucesor de Fruela II fue precisamente su hijo Alfonso Froilaz, que era primo, eso sí, de los hijos de su tío Ordoño II, hermano éste de Fruela. Nos cuenta el cronista Sampiro que Alfonso Froilaz «pretendía recoger el trono paterno», aunque también afirma taxativamente que muerto su padre, Alfonso, hijo de Ordoño II, se sentó en el trono. Todas estas cosas están muy confusas; por una parte puede parecernos razonable dentro de una lógica la «pretensión» de sucesión de un hijo a un padre, y también perfectamente factible máxime si pensamos que a su alcance estaban los medios para llegar a ese fin; y por otra parte también es razonable que un hijo de Ordoño II sintiera la atracción de la corona sabiéndose legitimado para ello. Las cosas debieron de suceder en un período de caos tremendo, de enormes intrigas y de «derechos» que cada uno podía legitimar con buena base argumentativa. Los príncipes que podían optar a la corona eran varios. Bien es cierto que García I no había dejado hijos, pero allí estaban los de Ordoño II: Sancho, Alfonso y Ramiro; y frente a ellos reclamaban el trono los tres vástagos del último rey: Alfonso, Ordoño y Ramiro, sin contar con otro Ramiro, hijo de Alfonso III el Magno de Asturias, hermano por lo tanto de García I, Ordoño II y Fruela II, que podía presentar el ejemplo de una sucesión colateral en su favor. Parece ser que hubo dos partidos o facciones principales: el que proclamó al primogénito de Fruela II, es decir, Alfonso Froilaz que es el rey que nos ocupa, y el que capitanearon los hijos de Ordoño II, parece que especialmente los dos primeros, Sancho que era el primogénito pues siempre firmaba el primero en los documentos de su padre, y Alfonso Ordóñez, más tarde conocido como el Monje. Todo hace indicar, evidentemente, que al principio triunfaron los partidarios del hijo de Fruela II, lo que se documenta en dos textos históricos del siglo X: la Nómina rotense y la Vigilana.

De padre a hijo

La investidura de Alfonso Froilaz como rey de León no se nos antoja que fuera de aceptación cordial ni tampoco de sumisión o acatamiento por parte de quienes más debían demostrarlo. Si Fruela II, su padre, ya reinó sentado sobre un trono rodeado de impopularidades y rechazos, parecía lógico pensar que su sucesor natural en la línea monárquica, es decir, el hijo, también heredase un parecido camino de espinas. (Ya sabemos lo que son las corrientes humanas y la inercia derivada de la postura adoptada.) Norma que no tiene por qué seguir esa lógica, ya que hay innumerables casos en la historia de los pueblos y en la historia de las familias donde la impopularidad, el odio o cualquier otra manifestación, sea negativa o positiva, no continúa en la siguiente generación, o viceversa, ni el hijo tiene que sReyer por fuerza la gota hermana del padre. Aunque no venga al caso, ni el necio traspasa su necedad, ni la necedad es heredada del necio. A la impopularidad del padre, arrastrado por esa corriente que, como todo gran caudal, es vasto y en su inmensidad arrastra ignorante todo cuanto encuentra a su paso, se unió otra corriente menos vasta y menos corriente por menos vulgar, aunque más efectiva y más mediática, que diríamos en estos tiempos. Así como no hemos encontrado referencia clara al rechazo de los hijos de Ordoño II contra la investidura de Fruela II, en esta ocasión sí parece que sus primos Sancho, Alfonso y Ramiro, hijos de Ordoño II no llegaron a aceptar jamás la investidura de Alfonso Froilaz como rey de León, rechazándola y no reconociéndola, es decir, mediatizando y predisponiendo a otros brazos ejecutores, para que el estado de opinión impopular y áspero que había prendido en la figura del anterior monarca continuara ahora en su hijo y éste no tuviera un asiento cómodo desde el poder de su corona. La línea sucesoria, pues, volvería a tomar la rama de Ordoño II en la figura de uno de sus hijos.

Lejos de reconocerle, los hijos de Ordoño II acudieron a las armas. Sancho estaba casado con una gallega llamada Goto Núñez que pondría a su favor a la mayor parte de la nobleza gallega. Otra importantísima ayuda vendría procedente del condado de Portugal, a través del otro hermano, Ramiro, muy arraigado en la zona y emparentado además con las principales familias de aquella tierra por su matrimonio con Adosinda. Pero donde mayor solidez encontró la conjura contra el reinado de Alfonso Froilaz fue en Navarra, con Sancho I Garcés y su gran aportación militar, no exenta de interés pues predisponía más y mejor a los castellanos contra León y ayudaba a su hija Oneca que estaba casada, precisamente, con Alfonso Ordóñez, segundogénito de Ordoño II y quien finalmente se quedaría en el trono leonés. Las tropas y los destinos empezaron a caminar juntos y así fue como Alfonso Ordóñez se entronizó en el reino, con la ayuda de portugueses, gallegos, castellanos y navarros, pero sobre todo estos últimos. Alfonso Froilaz se retiró a las montañas, a Asturias, donde tenía sus más decididos partidarios y donde los documentos hacen constar su reinado incluso en años siguientes. Más tarde intentaría recuperar la silla magna en la que estuvo sentado escasos meses con más dolor e incomodidad que otra cosa, pero lo intentaría de nuevo pues no en vano el recuerdo y el poder absoluto se seguían atrayendo. Además era el rey, un rey al que habían echado por la razón de la fuerza de las armas, y era legítimo que pensara en recuperar su cetro y su corona, pero de esto ya hablaremos cuando abdique su primo Alfonso IV. Lo que importa decir ahora es que con la ayuda de portugueses, gallegos y castellanos, más la de Sancho I Garcés de Navarra, pero sobre todo con el rigor que impuso la espada de este último, quizá apelando, o aprovechando el parentesco que le unía a Alfonso, mirando también el provecho suyo, hizo que éste, segundogénito de Ordoño II, se entronizara en el reino de León, y Sancho Ordóñez, siendo el primogénito y, en derecho, el heredero natural al trono, tuviera que conformarse con regir las tierras de Galicia. Sobre la ida de Sancho a Galicia, dice Menéndez Pidal que la hizo «gustoso», quizá no ambicionando más o atraído por las sugerencias de su esposa que era gallega, como ya vimos, y sin duda ninguna por la buena acogida que tenía en aquella tierra, donde sería ungido como rey por el obispo Hermenegildo en la basílica compostelana. El hermano menor, Ramiro, gobernó con el título de rey el territorio comprendido entre el río Miño y la hoy ciudad portuguesa de Coimbra, en la desembocadura del río Mondego, en «la provincia que tiene a Coimbra como ciudad fronteriza», nos dice otro cronista árabe, Ibn Hayyan.

Alfonso Ordóñez se quedó en León y pese a esta división, fue él quien ejerció toda la tutela y autoridad sobre estos Estados.

En cuanto a la lucha que enfrentó a los tres hermanos contra Alfonso Froilaz, ésta pudo desarrollarse entre el verano de 925 y el mes de febrero de 926. Menéndez Pidal nos dice que «todo quedó resuelto desde los primeros meses de 926, puesto que vemos por las cartas de Alfonso IV que éste empezaba a contar el tiempo de su reinado desde febrero de este año». Según la Nómina rotense «recibió el reino» el 12 de febrero de 926, lo que nos induce a sospechar que hubo un tiempo de impás desde la marcha de Alfonso Froilaz, hacia el otoño-invierno de 925, y la entronización efectiva de Alfonso Ordóñez, el próximo rey.

C. Santos para el Diario de León

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