El rey Alfonso IV sufre una depresión profunda, abdica y se retira a Sahagún mientras Ramiro toma su puesto: lo que no sabía era que su hermano tenía la intención de regresar.
La muerte de Oneca pudo provocar en el rey lo que hoy podríamos llamar ansiedad, depresión y escasez y vacuidad de ánimo para seguir dirigiendo los destinos del reino, una situación delicada que le predisponía a la mística y al retiro espiritual. Es cuando llama a su hermano Ramiro, que estaba en Viseo (Portugal).
Y mientras Ramiro llegaba a Zamora rodeado de su ejército y de sus magnates, Alfonso IV se retira al monasterio de Sahagún, donde estuvo un tiempo corto dedicado a la oración y a esa vida de contemplación tranquila, repasando su vida y cribando sus pecados, practicando paseos largos por el occidente de los apacibles Campos Góticos Leoneses, por las frondosas huertas a orillas del río Cea y rumiando por qué la muerte se le había acercado tanto y tan pronto a su esposa. Pero también fue aquí, entre la robustez de los muros del monasterio y la sobriedad propias del recinto, donde parece que empezó a despertar en él un incipiente arrepentimiento sobre su renuncia que, a medida que fue creciendo éste y a la vez que decrecía el desánimo por la muerte de su esposa, intentó que esa depresión se tornara de nuevo en ansiedad de trono con la recuperación del poder, lo cual inició aprovechando que su hermano Ramiro estaba en Zamora adonde había ido dispuesto a «perseguir a los árabes», es decir, en auxilio de Toledo que le había pedido ayuda contra las huestes de Abd al-Rahmán.
Regreso y castigo
Esto debía suceder en el año 931 (antes de la abdicación de Alfonso IV, fechada en 6 de noviembre de ese año), pues Alfonso parece que se reproclamó rey en 931, en Simancas, lo que naturalmente encendió el ánimo de Ramiro, en aquel momento en Zamora, como ya hemos dicho en defensa de Toledo que le había pedido ayuda. Ramiro entonces acudió a la capital a la velocidad del rayo. «Ardiendo en ira -nos dice Sampiro- mandó tocar las trompetas y blandir las lanzas, y presentándose en León, la sitia día y noche, y no para hasta coger preso al fugitivo de Sahagún y encerrarlo en un calabozo.»
Como ya vimos también, Alfonso Froilaz, retirado a las montañas, intentó sacar provecho de la renuncia de Alfonso IV, para recuperar el trono. Pero cuando Ramiro regresó a León, atacó y tomó la ciudad, también cogió al otro aspirante, Alfonso Froilaz, como ya dijimos, y a sus hermanos, todos hijos de Fruela II, temeroso de que hubiera nuevas pretensiones a la corona.
No obstante todo lo dicho, Alfonso IV desde enero de 931 figura en distintos documentos. El 29 de enero de este año falla un pleito en favor de los monjes de Ruiforco. También por una carta de 27 de junio de 931, probablemente la última, sabemos que Alfonso IV se hallaba presente en Burgos confirmando al monasterio de Cardeña en la posesión de una villa cercana a la ciudad. Todo lo cual nos indica que no fue apresado en León, como indica el cronista Sampiro, sino que había logrado llegar a Castilla, creyendo contar allí con la ayuda de uno de sus fieles, el conde gallego Guttier Núñez que gobernaba aquella zona en su nombre, o para acogerse a ella, o incluso aprovechando la dirección de la retirada, para hallar un paso que le acercase a la corte navarra, quien, como recordaremos, le había ayudado a subir al trono (925).
Pero Ramiro fue tras él. De su presencia en Castilla nos da fe un documento fechado en julio de 931, y es allí, sin duda, sin darle oportunidad de que llegara a Navarra, donde Ramiro apresa a su hermano, bien directamente o por algún otro conde que tal vez podría haber sido el mismo Fernán González, cuyas cartas llevan desde primeros de ese año el nombre del rey Ramiro, indicio de que defendía su causa, al menos de momento y por poco tiempo. Ramiro, pues, se adueñó de su hermano Alfonso, lo hizo prisionero y mandó le sacaran los ojos, como ya hiciera con el otro pretendiente a reproclamarse rey, Alfonso Froilaz y sus hermanos.
Estas atenciones desviadas produjeron que Ramiro no pudiera dedicarse con toda su fuerza a la ayuda destinada a Toledo, contra los árabes, pero no obstante allí mandó una fuerza representativa que según los historiadores árabes fue deshecha por los sitiadores, de lo que entendemos que Toledo volvió a ser tomada. Para entonces la efervescencia díscola e incómoda en los territorios condales de Castilla ya era más que una evidencia. En realidad el particularismo castellano se había manifestado muy pronto y éste jamás se detenía ante nada. Si una leyenda tardía (no se tiene constancia hasta el siglo XIII) propone que en fecha tan remota como la de la muerte del rey asturiano Alfonso II el Casto (842), cuando apenas, no ya si existe Castilla, sino si empieza a nacer el concepto de esa nueva idea de sociedad agrupada en torno a una sintonía común desde las brumas de la vaguedad, los habitantes de estos territorios ya se habían dado a sí mismos dos jueces, Laín Calvo y Nuño Rasura, para que los «cabdellaran», es decir, los acaudillasen, los gobernasen; si los condes castellanos habían abandonado a su rey (Ordoño II) en Valdejunquera, en la lucha que leoneses y navarros mantenían contra los moros; si en oposición con la política de los reyes leoneses, Castilla practicaba la de la fragmentación en pequeños condados donde siempre había alguno o algunos condes que aspiraban a la hegemonía dentro del país y a la autonomía respecto de León; si los condes de Burgos tenían una superioridad jerárquica sobre otros condes y/o señores castellanos; si estos mismos condes, mandatarios del rey de León, empiezan por usurpar las regalías y prebendas soberanas, el súbdito y emergente Fernán González va mucho más lejos. Partiendo de su alfoz de Lara aspira, no sólo a señorear por toda Castilla ( comes totius Castellae ) (conde de toda Castilla), sino a perseguir y conseguir con posterioridad, primeramente una cierta autonomía y después la independencia.
Tampoco le hubiera venido mal el título real (el de León), aunque cerca lo tuvo, o cerca del poder anduvo y con picardía y astucia manejó esos resortes para nuestra perplejidad y asombro desde esta perspectiva del tiempo. Su aspiración era sentida por todos o la mayor parte de los castellanos. «Castilla -escribe Menéndez Pidal- desde los viejos tiempos de Ordoño II, muy lejos de representar esa idea nacional superior (la del imperio leonés), era una región díscola, que obraba impulsada por el defecto ibérico del separatismo y por la tendencia disgregadora.»
Ideas y elementos, los que expone Menéndez Pidal, que con posterioridad y debido al cambio de núcleo hegemónico, cambiarían sustancial y radicalmente de sentido. Y Castilla se convertía en el paladín de la unidad, en esa punta de lanza que conllevaba obligatoria la práctica de la idea de su forma de homologar, y en la interpretación firme y esquemática sobre la evidente inutilidad, que además podría resultar subversiva y harto caprichosa, de sentirse distinto o diferente, aleccionando de paso al resto de la totalidad acerca de los inconvenientes que pudieran surgir en el caso de que a alguien se le ocurriese la veleidad de ser diferente a ella. Se estaban empezando a terminar los derechos de los demás. Ramiro II , Rey de León, 931-951. Hijo menor de Ordoño II y Elvira. Casó en primeras nupcias con Adosinda, una mujer gallega con quien tuvo a su primer hijo, Ordoño, futuro Tercero, pero de la que se separó por motivos de parentesco. Subió al trono tras la abdicación de su hermano Alfonso IV (6 de noviembre de 931), quien no obstante intentaría recuperarlo aunque fue derrotado por el rey vigente, transladándose desde Zamora hasta León.
Ramiro II supuso para los territorios leoneses años de intensa actividad guerrera, de afirmación de la regia autoridad y de expansión. Impetuoso y batallador hasta la crueldad fue el más digno rival de Abd al Rahmán III. También fue bravo, inteligente y confiado. Tal vez demasiado confiado. En Castilla renunció a la política de su abuelo Alfonso III el Magno de Asturias y de su padre Ordoño II, concentrando en una sola mano el mando de aquellas tierras que sus antecesores habían podido dominar difícilmente, manteniendo en ellas una división convencional. Sin duda Fernán González le había ayudado eficazmente, tal vez en el apresamiento de Alfonso IV y en otras cuestiones que siempre tendrían como protagonista los primeros tiempos en los que se dejaría crecer la confianza, tanta y quizá tan absurda, que desde el primer año de reinado, Ramiro le reconociera como conde de toda Castilla y que al año siguiente, esto es, en 932, le añadiese la jurisdicción sobre el condado de Álava. El rey leonés sólo veía una cosa: la potencia cada día mayor del príncipe cordobés Abd al-Rahmán III que, realizada la unión de sus Estados, acababa de tomar el título de califa y emir.
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