Todos a una: Fernán González y Navarra prosiguen sus intentos de desestabilizar el reino con el resultado de la huida de Sancho I y el acceso al trono de Ordoño El Jorobado.
Hubo, naturalmente, honrosas excepciones que opusieron la lógica a la desbandada general de otras fuerzas que iban a caer en manos de otros brazos, pero no debían ser ni los más influyentes ni tampoco los más poderosos. La enormidad de las centurias posteriores, interminables, dieron la razón a los menos y hundieron a los más.
Más de mil años después triste es el bagaje cuando esa posibilidad de tener, en distintos sentidos, pudo haber sido infinitamente mayor, de ahí que no es de extrañar la general inclinación de los más humildes, sucesores de tantos otros antes y afectados como todos desde un río de incongruencias, a interpretar con más facilidad y hasta con una nefasta inercia general, esa mísera filosofía de ver la botella medio vacía, y no medio llena.
En el mes de octubre de 956 Sancho ya era rey de León. El 13 de noviembre se le ve actuando como tal en Santiago de Compostela estando acompañado por los principales magnates y condes de importancia como Fernán González y Pelayo González, que eran asiduos participantes en las asambleas de palacio. También estaba acompañado de un inquieto conde gallego, Rodrigo Velázquez, y de un navarro ilustre, Sancho Garcés, el hijo acaso del rey de Pamplona, venido a León con motivo de la sucesión del trono, sin duda para solemnizar la coronación y acaso también para indicar que Pamplona estaba dispuesta a sostener a su candidato.
Errores e imprudencias Los primeros grandes errores de Sancho I fueron los de negarse a subscribir, primero, la paz firmada por su padre Ramiro II con al-Nasir, y segundo, el negarse a cumplir el tratado que Ordoño III había hecho con Córdoba, lo cual le atrajo una saifa de castigo durante la primavera de 957 que Sancho I no pudo repeler. Y a esto debió de añadirse el poco tacto con el problema de Castilla y con sus relaciones con Fernán González que, sin dejar de ser astuto, jamás perdía de vista su verdadero objetivo, y además seguía siendo el magnate más poderoso. Ibn Jaldún nos dice que fue el conde Fernán González quien fomentó el descontento y dirigió la conspiración. Y la documentación latina viene a confirmar esa teoría.
Fue ésta, pues, una ocasión espléndida, una más, para que Fernán González alentara el descontento de los leoneses contra su rey y dirigiera una conspiración que finalizaría con la marcha de Sancho I a Navarra, buscando de nuevo el auxilio y el consejo de su abuela Toda. Pero hasta entonces Sancho I el Craso se mantuvo en León, apoyado por los navarros. Sin embargo en la primavera de 958 se vio obligado a buscar refugio en Pamplona. Una carta leonesa del 14 de marzo de 958 declara todavía que Sancho I gobernaba en el trono de su padre, y en cambio otra de Sahagún del 25 de mayo de ese mismo año afirma que ya reinaba Ordoño IV, hijo del desgraciado Alfonso IV.
Sampiro parece afirmar que la retirada de Sancho I se consiguió más por engaño que por violencia: «Cumplido -dice nuestro cronista- el primer año, por cierto ardid del ejército, tramada conjura, Sancho hubo de salir de León con dirección a Pamplona. Desde allí, con asentimiento de su tío, el rey García, se enviaron emisarios a Córdoba, y a él se le exhortó a ir a la corte del rey cordobés Abd al-Rahmán», sin duda con objeto de curarse de su obesidad.
La proclamación Los magnates de León, por sugerencia de Fernán González, proclamaron rey a Ordoño IV, un monarca hecho a la medida del castellano que veía cada vez más y mejor, cómo su influencia hurgaba ya, con descaro y complacencia de los complacientes prohombres leoneses, en los cimientos de la silla real. A partir de aquí Fernán González puso todas sus posibilidades al servicio de un ambicioso programa: Castilla. Su causa, no obstante, estuvo favorecida por la mediocridad de Sancho I el Craso, la prudente debilidad de quien fue su antecesor, también del siguiente que trataremos, Ordoño IV, la fragilidad dulcísima de Elvira la Monja , regente de Ramiro III y el propio Ramiro, más, cómo no decirlo, esa especie de inercia negra y fatal que era la pérdida galopante de una personalidad propia que iba fundiéndose cada vez más ante el ímpetu y el empuje de la clase dominante castellana, favorecido todo ello por la endeblez y el visto bueno de magnates, clero y prohombres leoneses.
Cada vez con los recursos más mermados, con una personalidad menguante, con una actitud y presencia pasivas, con los que podían hacer y no hacían, con un desmoronamiento político, identitario, social, estructural y moral, Castilla atormentaba y amenazaba la particularidad del reino, y movía claramente los pilares que de momento sostenían al rey y su trono. Muchos años más tarde la decadencia castellana arrastró también a la leonesa. Y muchos, muchos siglos después ya era prácticamente imposible quitarse de encima las tejidas ataduras de las telarañas de la sinrazón. Era prácticamente imposible, hemos dicho, pero nunca nos atreveríamos ni siquiera a insinuar que fuera imposible, posición emocional y física que no tiene cabida ni en nuestro espíritu ni en nuestro ánimo. Ordoño IV, el Malo, el Jorobado o el Intruso . Rey de León, 958-960. Algunas fuentes lo hacen hijo de Alfonso Froilaz, mientras que otras lo sitúan como hijo de Alfonso IV el Monje. Nosotros, que hemos consultado más de diez fuentes para tratar de poner luz sobre esta sombra, nos seguimos confesando bajo la duda. Sobre su documentación hay algunas alusiones que expresan explícitamente que era «hijo del rey don Alfonso», pero esto nada aclara pues por Alfonso puede entenderse tanto Alfonso Froilaz como Alfonso IV el Monje. No obstante, el distinto bagaje de información que hemos ido reciclando poco a poco y una ratonería de biblioteca de mejor o peor calidad, hace que nos decantemos por que es hijo, efectivamente, de Alfonso IV. Casó con Urraca de Castilla, la hija de Fernán González que ya era viuda de Ordoño III. «Veinte años -transcribimos de Los comienzos de la Reconquista - hacía que presenciaba silencioso los cambios y vicisitudes de la corte leonesa un joven príncipe que, teniendo indiscutibles derechos a la corona, parecía estar allí de precario. Era el hijo del desgraciado Alfonso IV el Monje, desgraciado también él, ya que la historia le ha llamado Ordoño el Jorobado, el Intruso y el Malo, aludiendo a sus defectos físicos, a su cobardía y acaso también a su perversidad. A pesar del destronamiento de su padre se había resignado a vivir junto al vencedor, besando su mano, siguiendo su corte, firmando los documentos y siendo el último entre la familia real, y a veces también entre los magnates».
Éste es, pues, el hombre que aprovechó Fernán González para la realización de sus planes, en unión de los condes de Galicia, de Castilla y de las connivencias lerdas de muchos prohombres leoneses. Ordoño IV entró en la capital un 3 de agosto del año 958, pero antes tuvo que vencer la resistencia de un partidario del anterior rey, Sancho I, o mejor dicho, de un enemigo visceral de Fernán González, de un Vela, familia de estirpe leonesa tradicionalmente enfrentada a los Lara, de donde procedía, precisamente, el conde castellano, un Vela que pudo ser uno de los desterrados de Álava cuando Fernán González se alzó con el condado.
Y parece ser que este Vela pudo hacerse con un ejército musulmán, reclutado acaso en la frontera, para impedir el triunfo de Ordoño, es decir, de Fernán González, o sea, de Castilla, pero esta intervención armada fracasó y sus huestes fueron deshechas en un lugar llamado Peña del Rey, acaso la Peñafiel de hoy. Ordoño IV fue un monarca títere hecho a imagen y semejanza de Fernán González, quien fue su principal valedor con la ayuda inestimable y valiosísima de varios grupos de nobles y prohombres leoneses incapaces de ver la sibilina injerencia de las incursiones políticas castellanas en asuntos que afectaban de lleno al mismísimo núcleo de poder en el reino.
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