EL CAMINO DE SANTIAGO Y LA MONARQUÍA LEONESA (II)

20 nov 2011 0 comentarios

2.-Los modestos inicios del Camino 
El descubrimiento de la tumba.
Recordemos que la invasión musulmana del 711 había provocado el alzamiento de Pelayo once años después, pero los cristianos estaban en una posición muy difícil, y en ocasiones se veían obligados a pagar onerosos tributos por el mero hecho de seguir existiendo. El mencionado himno tal vez revela una incipiente veneración por el Apóstol en unos tiempos tan difíciles como eran los comienzos del “Astororum Regnum”. 
Descubrimiento de la tumba por Teodomiro según el Tumbo A

Sea como fuere, el caso es que sobre el año 813 o 814 un monje anacoreta llamado Paio (Pelayo) observó una lluvia de estrellas a lo largo de varias noches, y le dio la impresión de que caían en un mismo lugar (de ahí el nombre Compostela, “Campus Stellae”, “Campo de las Estrellas”). Acudió allí, y entre la espesura de un bosque descubrió un sarcófago de piedra flanqueado por otros dos más pequeños, identificándolos con la tumba de Santiago y las de sus discípulos Teodoro y Atanasio. Acudió en busca de Teodomiro, obispo de Iria Flavia, quien tras varios días de ayuno y oraciones corroboró el feliz descubrimiento. Según la versión del descubrimiento transmitida por la Historia Compostelana (s. XII), “personas de gran autoridad” comunicaron a dicho obispo que allí se habían visto muchas veces unas “luminarias” y que en el lugar se les habían aparecido ángeles con frecuencia. Teodomiro advirtió del hallazgo al rey, Alfonso II “el Casto” (791-842), quien acudió rápidamente ante la tumba, convirtiéndose así en el primer peregrino.

Alfonso II según Francis de Blas

Dice la leyenda que durante las noches del viaje fue siguiendo la ruta marcada en el cielo por la Vía Láctea, por lo que a partir de ese momento también se le conoce con el nombre popular de “Camino de Santiago”. Como la orientación de la Vía Láctea cambia a lo largo de la noche y de las estaciones, en la Asociación Leonesa de Astronomía quisimos comprobar en qué momento sigue el eje Este-Oeste en la actualidad, y vimos que sólo sucede en las madrugadas de agosto.

Alfonso ordenó levantar en ese lugar la iglesia de Antealtares, una basílica de ladrillo de una sola nave, que fue consagrada en el 834: seis años después llegó el primer grupo de peregrinos, procedente de Asturias. Y es que durante las primeras décadas la llegada de gentes en peregrinación se produjo de forma lenta y gradual. 

Los reyes asturleoneses y el Camino. 
Ramiro I por Francis de Blas

La leyenda de Santiago tal y como la conocemos siguió fraguando a lo largo del siglo IX. Los reyes asturleoneses apoyaron decididamente la autenticidad de la tumba, e incluso surgió la noticia de que el propio Apóstol acudía a las batallas con la apariencia de un caballero para apoyar a las tropas cristianas. La primera referencia a este “Santiago Matamoros” se da en la legendaria batalla de Clavijo (23 de mayo del 844), en la que Ramiro I de Asturias (842-850) habría derrotado a Abderramán II en ese lugar de La Rioja gracias a la intervención de Santiago, que habría acudido a luchar sobre su famoso caballo blanco. En realidad tal batalla nunca tuvo lugar, ya que es casi seguro que cuando las crónicas hablan de ella en realidad mezclan elementos de otras anteriores y posteriores. Según esa leyenda Ramiro I, en agradecimiento al Apóstol concedió el llamado “Voto de Santiago”, por el que se ofrecería anualmente a su iglesia las primeras cosechas y vendimias de todo el reino, constituyéndose así en una especie de segundo diezmo que tenían que pagar los sufridos campesinos de la época. Además, como si el Apóstol fuera un caballero más, se le concedía una parte del botín que se tomara a los moros, tanto en riquezas como en siervos. Ni que decir tiene que este solemne voto convirtió a la iglesia de Santiago en la más rica del reino asturleonés. Su sucesor Ordoño I (850-866) amplió los territorios del reino, y repobló las ciudades del que con el tiempo sería llamado el Camino Francés. En esta tarea se sirvió de contingentes de bercianos, que dirigidos por el Conde Gatón fueron poblando ciudades y fundando villas y pueblos.

Aparición de Santiago en la batalla de Clavijo 

Alfonso II en el Libro de los Testamentos
 de la Catedral de Oviedo

Urgido por el papa Juan IX, en el año 899 se consagró una nueva basílica para albergar el sepulcro. Dicha iglesia fue realizada por el obispo Sisnando con patrocinio de Alfonso III el Magno (866-910), el último rey propiamente asturiano. Aunque, como veremos, esta basílica fue destruida por Almanzor, sus cimientos todavía son visibles gracias a las excavaciones realizadas a mediados y a finales del siglo pasado. La consagración fue considerada un asunto de la máxima importancia, por lo que asistieron los obispos de Iria, Braga, Tuy, Orense, Lugo, Britonia, León, Astorga, Oviedo, Salamanca, Coria, Huesca, Coimbra, Lamego, Viseo, Oporto y Zaragoza. 

En el 910 García I traslada la corte a León, con lo que suele considerarse que da comienzo el reino leonés, si bien no se introdujeron cambios de importancia. Los reyes siguieron favoreciendo a Santiago, y en muchas ocasiones peregrinaron hasta Compostela para pedir los favores del Apóstol, o bien para agradecerle las victorias en la luchas contra al-Ándalus. Asi, por ejemplo, tenemos noticias de que Ordoño II (914-924) dio grandes riquezas a su iglesia, y también una importante cantidad de prisioneros de guerra. En el 915 viajó hasta allí Gotescalco, obispo de Le Puy, que es el primer peregrino conocido de más allá de los Pirineos. También sabemos que Fruela II (924-925) peregrinó a Compostela en el 924, y que lo mismo hizo su sobrino Ramiro II (931-951), quien además confirmó el Voto de Santiago y toda una serie de privilegios. 
Cimientos de la iglesia construida en tiempos de Alfonso III
La peregrinación a Santiago fue una costumbre entre los monarcas leoneses, y no se puede descartar que estuviera institucionalizada. Ordoño III (966-985), al igual que varios de sus predecesores, lo hizo para dar gracias por sus conquistas. La incipiente fama del santuario sufrió un parón ante las invasiones e incursiones de vikingos y normandos: en el 968 el obispo de Compostela Sisnando murió de un flechazo mientras dirigía un ejército contra los normandos (algo que no debería extrañarnos, ya que los obispos eran unos señores feudales más y con frecuencia dirigían en persona a sus tropas) Los invasores en varias ocasiones pusieron sitio a Santiago, pero no consiguieron tomarla. Los vikingos vieron que era una ciudad tan importante que a Hispania la llamaron Jakobsland, la Tierra de Santiago.
 
Otra muestra de su importancia es que Vermudo II (985-999) fue proclamado rey en Santiago en el año 982, en el marco de sus guerras civiles contra Ramiro III (966-985). Un año después, en el 983, llegó el peregrino Simeón de Armenia, el eremita, quien exorcizó de sus demonios a una hija del rey antes de partir hacia las Islas Británicas. Ello no significa que Santiago gozase de una gran fama: curiosamente, será tras la destrucción y saqueo de Almanzor cuando el santuario alcance reconocimiento internacional y los peregrinos comiencen a llegar de forma masiva. 

Planta de la iglesia de Santiago
 levantada por Alfonso III. 

Almanzor y su ataque a Compostela del 997.

Mohamed
Ibn Abdalá Ibn Abu Amir, más conocido por su sobrenombre Almansur o
Almanzor (“El Victorioso”) fue un caudillo musulmán al servicio
del califa Hisham II que se convirtió en la peor pesadilla de los
reinos cristianos de Hispania. Llevó a cabo unas 56 campañas
militares entre los años 977 y 1002, casi todas victoriosas, y
destruyó las principales ciudades de sus enemigos. En la 48º
campaña (julio-octubre de 997) su objetivo fue la destrucción de
Santiago de Compostela, auténtica capital religiosa del reino leonés
y de la Hispania cristiana. Según la Historia Compostelana fue
ayudado por condes gallegos enemigos de Vermudo II, como Rodrigo
Velázquez. Al enorme ejército reunido por Almanzor se sumó la
flota califal, que avanzó al mismo tiempo por las costas
portuguesas. Las dos fuerzas fueron saqueando las poblaciones que se
encontraban a su paso, llegando a Santiago el 10 de agosto. La
ciudad, alertada y aterrorizada por la fama que precedía a este
caudillo, estaba desierta. Sus tropas saquearon Santiago durante una
semana y después le prendieron fuego. Inexplicablemente, Almanzor
ordenó respetar la Tumba de Santiago: según algunos cronistas
musulmanes se encontró con un anciano que custodiaba en solitario la
tumba del Apóstol. “¿Por qué estás aquí?”, le preguntó
Almanzor. “Para honrar a Santiago”, le respondió sin sombra de
miedo. Y por esta extraña valentía el musulmán no destruyó la
tumba, aunque sí saqueó y destruyó el templo levantado por Alfonso
III. Se llevó las campanas de la basílica como botín a la mezquita
de Córdoba para usarlas como lámparas, y las puertas se utilizarían
en el artesonado de ese mismo edificio. 

Las campanas que Almanzo se llevó a Córdoba y que fueron 
devueltas a Santiago por Fernando III. Fuente.

La Historia Compostelana
cuenta que la iglesia fue inmediatamente restaurada y vuelta a
consagrar por Vermudo II y el obispo Pedro:



“El
rey (…) vino a nuestra ciudad con intención de verla y junto con
el mismo obispo don Pedro y con la ayuda de Dios restauró la iglesia
del Apóstol, que encontró derrumbada”. 

Debes estar registrado y con tu cuenta para poder insertar comentario o también usar tu usuario de Facebook para insertar tus comentarios:

Comenta esta noticia en Facebook

cerrar