El Concejo abierto Omañés

21 jul 2012 0 comentarios

www.de-leon.com.- No podía el P. César Morán dejar de hablarnos en alguno de sus trabajos, sobre tradiciones omañesas, del Concejo Abierto. En efecto, con su estilo tan natural y sencillo nos habla de institución tan popular y elemental, tan vivida y practicaba desde muy inmemoriales tiempos por las vecindades de nuestros pueblos.
“Los domingos – dice el P. Morán – después de Misa, los vecinos se reúnen junto a la Iglesia para mirar por la buena marcha de la hacienda (comunal). Cada cual expone las quejas, los abusos y los remedios que juzga más eficaces para la economía popular. Eso no impide que cuando hay algo extraordinario se toque a concejo para congregar a los vecinos en el sitio acostumbrado y se exponga y se discuta una determinación que afecte a la colectividad. Estas juntas son presididas por el alcalde (pedáneo) que no es más que uno de tantos, como los antiguos reyes…En la primavera se acota una parte del monte, vedando rigurosamente la entrada a toda clase de ganados. Si el guarda sorprende alguna res en el couto o haciendo daño en una propiedad toma nota del amo y se le cobra la pesquisa (prenda o multa). Cuando bien le parece al alcalde – o está predeterminado en la ordenanza o la costumbre – se echa el couto y pueden los ganados entrar a pastarlo, primero las parejas de labor, que son bueyes o vacas, después de unos ocho días ya se permite la entrada a los demás ganados vacunos; luego, a todos…Después de segar los cereales y una vez recogidos los frutos de las tierras, se echan las derrotas, es decir, se permite que los ganados entren en los rastrojos… Con las pesquisas o multas a los transgresores se compra uno o más cántaros de vino, que se reparte a todo el vecindario. A esto se llama bébora.
Hasta aquí la palabra del P. Morán y, sustancialmente, poco más tendríamos que decir del concejo omañés, no del municipio o concejo general, sino del concejo peculiar de cada aldea, que es donde verdaderamente existe el “Concejo abierto”. Fue y es – cada vez menos – como en todas nuestras montañas y en otras muchas partes, regiones y provincias, la entidad pública territorial más elemental y natural de todas. Se manifiesta de ese círculo, todavía íntimo, por donde las familias, representadas por los vecinos – y hasta no ha mucho por los cabezas de familia – se abren para dar entrada a la solidaridad vecinal, tratar y resolver todas aquellas cuestiones que afectan al procomún, y todo ha de hacerse según uso y costumbre, que casi siempre también figuran – o figuraban – en unas ordenanzas que la propia vecindad aprobaba y renovaba periódicamente.
El régimen del concejo abierto era el propio de una democracia directa. No hay más autoridad que la del propio concejo. Los alcaldes o regidores se designaban por turno riguroso, entre los vecinos, a fin de que todos ocupasen en su turno los cargos directivos, o se nombraban por elección, como asímismo se hacía de los oficios, como eran o son los guardas, pastores, preseros, campaneros, “andadores” o notificadores. A los pastores o guardas se les asignaba una retribución mediante cuotas proporcionales a los ganados de cada vecino o fincas a custodiar: los demás oficios no tenían más retribución que la exención de “fatigas” vecinales a los que los ejercían. Los alcaldes y regidores, más que cargos de autoridad, lo eran de mera representación y ejecución de los acuerdos adoptados por el Concejo, acuerdos que se atenían siempre a lo que la costumbre decía y todos conocían, o a lo que en las ordenanzas estaba escrito. En Concejo se delimitaban pagos o cotos, y su régimen de aprovechamiento, así como de las devesas, las buerizas, etc. Se reservaban pagos o polígonos del terreno o montes comunales para cada clase de ganados, vacunos, caballares, lanares, cabríos, y cosa muy seria era el régimen de las veceras, pues que solo en vecera podían acudir los ganados al aprovechamiento de esos pagos o cotos… En concejo, no solamente se nombraban guardas o pastores, como habíamos dicho, sino que se elegían los perros mastines y los toros que habrían de defender al ganado en el primer caso o servir de semental de la vacada en el segundo… En concejo se “echaban las suertes” de leña o quiñones para los vecinos, o de agua para el regadío de los pagos que tuvieron derecho al riego… En Concejo se acordaban las hacenderas necesarias para la conservación o refacción de caminos, puentes y fuentes, y al término de estas hacenderas solía beberse unos buenos tragos de vino, que generalmente procedían de la taberna concejil y era producto de las multas recaudadas, aunque en tiempo todavía no muy lejanos, las multas se imponían en vino -“azumbres de vino” -. Otras veces se convocaba concejo para “beber”, es decir, para la bébora. “Fasta dos tragos e non más”, como se decía en la ordenanza de un pueblecito muy próximo a la Omaña… En concejo se recordaba la obligación de los vecinos de dar asistencia a los pobres transeúntes, según el “palo del pobre”, que cada mendigo tomaba de la última casa que hubiera prestado el servicio para presentarlo en la que por turno correspondiese…En alguna Ordenanza, como la de Salce, se imponía a los vecinos la obligación “de ser benéficos” y amarse, como Dios manda…O la de Omañón que establecía la obligación de que cada vecino o familia tuviese su “huerto comunal”, que consistía en destinar cada equis tiempo un terreno comunal, parcelarlo, cercarlo y adjudicarlo a las familias en proporción a sus necesidades, pasado el tiempo se levantaba el cercado, volvía el terreno a su condición indivisa y se acotaba otro trozo de terreno para los mismos fines, y así sucesivamente. Se cultivaban hortalizas y tubérculos.
El huerto familiar respondía a la idea de que cada pueblo tuviese su propia autarquía económica. Una sabia medida, que en tiempos muy modernos ha querido resucitarse en algunos casos y países… Había un servicio concejil, realizado por vecinos, para inspeccionar hornos y piérgolas, por si estuviesen en mal estado y pudiesen originarse incendios, siempre tan temidos… En concejo se acordaba la asistencia a hacenderas, acarreos, etc. Para familias que hubieran sufrido una gran pérdida, a causa de un hundimiento, un incendio, etc. .. En concejo se acordaba llevar a cabo el “correr de lobos” o montería, a fin de ahuyentar o dar muerte a las alimañas que tanto dañaban la economía ganadera… El pago de votos religiosos o de obligaciones parroquiales, festejos, etc. Y otros muchos servicios, tantos, en fin, como al bien de la comunidad afectasen, sin que pudieran faltar los relativos a la defensa del patrimonio y los límites del término concejil, etc.
El Concejo se reunía, como dice el P. Morán, todos los domingos, después de misa, en los atrios de las iglesias. En casos especiales, el concejo se convocaba a “campaña tañida o arrepicada”. Todos los vecinos estaban obligados a asistir, so pena de multa. En el concejo había de guardarse la debida compostura porque nada sabía peor a la comunidad reunida que la palabra airada o el talante descompuesto e incluso en algunas ordenanzas se exigía que para tomar la palabra el que lo hiciese se quitase el bonete o el gorro y hablase cuando por turno le correspondiese. El Concejo era como el foro del pueblo, el Parlamento o las Cortes del lugar, de igual modo el filandón era el casino.
Fuente www.de-leon.com:   Florentino Agustín Díez González, Boletín de la Asociación Cultural Omaña, Julio-Diciembre 1989.

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