El Estatuto de ellos

23 dic 2007 0 comentarios

No me imagino que argumento puede esgrimir la lamentable clase política que nos sojuzga para convencer a los bercianos que tenemos un estatus mejor que el de los indios motilones; por eso, no entiendo que pintaban en el convite de la aprobación del nuevo estatuto cuatro paisanos, sonriendo como si allí se hubiera conseguido algo.Debe ser una variante del síndrome de Estocolmo, ese que lleva a solidarizarse a las víctimas con los carceleros, por el cual engullendo canapés parecían estar agradeciéndoles que nos mejorasen el presidio. Claro, que viendo el careto de los claudicantes, es de suponer que estaban allí dedicados al peloteo que tantas gabelas les proporciona.

Concluido el parto y cerradas todas las posibilidades de segregarse de una manera razonable, la pregunta es simple: ¿Qué instancia protege a los bercianos de un atropello tan irracional, que nos obliga a pertenecer a lo que no se nos consultó para estar? Desgraciadamente, parece que ninguna, cualquiera es tan dificultosa que resulta imposible conseguirlo. Así qué, nos guste o no, ‘castellano-leoneses’.

No obstante este es un derecho que no puede carecer de amparo, no estamos hablando de ningún exceso soberanista o nacionalista, y en algún lugar deben poder preservar nuestros derechos territoriales de minoría, contra una aberración político administrativa. No es posible que estemos condenados a ser, sin remedio, las víctimas de una delirante y antidemocrática imposición; la Europa a la que pertenecemos seguro que cuenta con resortes para tutelar los atropellos contra las minorías.

¿Qué es una pasada ir por ahí? No lo creo, sencillamente es buscar el campo adecuado para librar la batalla con quién abusa y hace trampas. Claro que no es muy edificante, para los brujos del estatuto, que los bercianos se vean impelidos a reclamar ese amparo de las instituciones europeas; pero antes se debieron preocupar por tener en consideración nuestra opinión. Decía Benito Juárez, que el respeto al derecho ajeno es la paz, y nuestro derecho se lo han pasado por el arco del triunfo.

Nos dicen que van a hacer una ley comarcal, en la cual reforzaran al Consejo, como si ese ente títere, sin representación directa y con clara vocación de cebadero, pudiera colmar las aspiraciones de un poder político propio y elegido directa y democráticamente. Nada más revelador del mal que nos aqueja que esta dependencia política, que nos ha ido regalando una clase política cada vez más mediocre que, al ser tributaria de los de fuera, con demasiada frecuencia se entrega a beneficiar a los enchufados de los de arriba.

El nuevo estatuto, no es mejor, ni peor que el anterior, sencillamente es la continuación de la tragedia que tiene postrada a nuestra identidad y a nosotros sujetos a toda clase de las arbitrariedades; por eso cualquier colaboración con las pretensiones pasteleras es una equivocación, muy propia de los que buscan lo suyo más que lo del común.

Ya sabemos lo que dan de si; apelar a Europa es una posibilidad que se debe explorar.

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