El leonesismo, el estatuto y la capital del país vecino

28 dic 2006 0 comentarios

«LA CAPITAL del país vecino». Con esta «finura» tan habitual como estúpida se refiere a Madrid el ínclito Carod Rovira, de ERC, en las participaciones de la Lotería de Navidad (no nacional) que vende su partido. La capital del país vecino, supuestamente España sin nombrarla, es donde se celebra la Lotería del 22 de diciembre, a la que por cierto parece que le tienen mucha fe por aquello del ¿y si toca aquí? ¿Vamos a perdernos las pelas del vecino? Por supuesto, sólo se considerará «como una ocurrencia más» de lo que se cuece en Cataluña, pero ahí está. Mientras tanto, aquí, en esta provincia llamada León, perteneciente all país vecino», se tacha de involucionistas, retrógrados y fuera de este mundo a los que defienden la autonomía para León solo. Se desaprovecha la ocasión de la reforma del Estatuto, se les sugiere a los leonesistas «que sean buenos chicos» y que se olviden del sentimiento leonesista y de lo derechos de los leoneses a manifestar su voluntad sobre cuál debe ser la división político administrativa en la que quieren estar dentro de la Constitución. Se les amenaza, incluso se les desprecia, a la vez que les pasan la mano por la espalda, diciendo aquello de «fíjense qué poca razón tienen, que los leoneses votan mayoritariamente al Partido Popular y Partido Socialista y eso quiere decir que de sentimiento leonesista nada, los leoneses están muy a gusto en la configuración de la comunidad denominada Castilla y León».

Bien, es evidente que con este argumento, lícito en democracia, se desmarcan de lo fundamental. No siempre el sentimiento contradice a la evidencia, sobre todo si ese sentimiento está tan cercado, incluso maniatado, que no puede manifestarse libremente.

Alguien puede decir: «hombre se manifiestan libremente en la calle, pero lo hecho hecho está, qué le vamos a hacer». Es la eterna actitud de los leoneses, víctimas de su propio victimismo, atrapados en la «cachaza» de la que ya hablaba la Pícara Justina para referirse a la idiosincrasia de sus paisanos. «Cachaza», sí, esa palabra originaria de la lengua leonesa que significa resignación y desidia, entre otras significativas acepciones

No es menos cierto que el recelo de León hacia Valladolid, como referente y aglutinante de esta descafeinada comunidad autónoma, es mucho más acusado de lo que los políticos acomodados, cuando no acomodaticios, les gustaría. Sin embargo, todavía no le llamamos «la capital del país vecino», si bien es cierto que con ganas nos quedamos, aun a riesgo de caer en la estupidez del radical catalán.

No, sencillamente el sentimiento leonesista que, por cierto, va en aumento, digan lo que digan los votos y los políticos receptores de los mismos, no busca estridencias, busca respeto, busca sentido común y sobre todo busca una línea de libertad que les han birlado, ya que nunca han podido manifestarse «con votos» sobre ese sentimiento. En definitiva, nunca han sido objeto de una consulta popular a modo de referéndum donde se decanten por una u otra opción. Sencillamente han sido «metidos dentro de las cancillas del interés partidista», a la fuerza, como se estabulan las ovejas, con perdón, en nuestras majadas al relente veraniego.

Y no pasa nada…, otra vez la «cachaza», otra vez la desesperanza y el desasosiego, pero aquí prima más ese del «¡qué le vamos a hacer!»

Afortunadamente, ese sentimiento está sobrepasando los intereses de las urnas, crece en todos los estamentos sociales, desde los niños hasta los que ya peinamos sólo canas, pasando por autónomos, agricultores, profesionales liberales, líderes sociales y de opinión y, por supuesto, universitarios.

Aquí el problema, para los que dejan el sentimiento a un lado, no es más que uno: la dependencia económicoadministrativa del ente que les da de comer, sencillamente. Determinados empresarios sólo piensan en sus resultados, aunque para eso tengan que refugiarse «en la capital del país vecino», los medios de comunicación no pueden salirse del guión porque les pasaría igual, es decir, se quedarían sin parte de la tarta que la paleta generosa del ente autonómico reparte con descaro amenazante. Y entonces, ¡a chitón!. Es decir, nos damos cuenta que estamos estabulados en las citadas cancillas, que no podemos saltar so pena de que asumamos el papel de descarriados. ¡Qué pena! ¿Verdad? Qué pena que seamos capaces de dar carta de naturaleza a la hipocresía (ya saben los lectores que hipocresía quiere decir «pequeña o baja verdad»)y sin embargo nos prestamos a ella.

Visto el nulo éxito de nuestras reivindicaciones en la reforma del Estatuto sólo nos quedaría «el viva Cartagena» o hacernos un harakiri colectivo. O lo que es o mismo nos queda la opción del enfrentamiento dialéctico o el sometimiento. El problema es que en estos momentos los sentimientos no se conforman ni se satisfacen ni con una ni con otra opción.

En la última manifestación celebrada hace poco más de un mes me sorprendió la gran cantidad de jóvenes participando en ella y cómo esta reivindicación va calando cada día más, como el sentimiento de lo leonés está más vivo que nunca y como nadie está en contra de ese sentimiento. En unos puede que esté más dormido que en otros, pero nadie está en contra.

Hablando del sentimiento leonesista, es evidente que no es uniforme en las tres provincias del Reino de León, aunque el origen de todo es ese, es el Reino de León, si bien en el caso de Salamanca sea escaso y algo mayor en Zamora. Pero donde existe y en aumento es en León. Por eso se justifica una autonomía propia con la incorporación o no de las más castellanizadas provincias de Salamanca y Zamora. Esto no va a terminar aquí. La paciencia de los leonesistas es muy alta pero todo tiene un límite.

¡Por Dios bendito! No se dan cuenta que lo que mal empieza mal acaba, que no se pueden meter a dos regiones en una autonomía justificándolo con una conjunción copulativa cuando los leoneses no queremos copular con nadie ni a nadie, queremos sólo ser nosotros mismos. ¿Se imaginan ustedes la existencia de la comunidad autónoma catalanoaragonesa, murcianovalenciana o extremeñoandaluza? Pues nada, ellos emperrados en hacernos castellanoleoneses, y además nos exigen silencio y que estemos contentos. Pero claro la realidad va por otro camino. Estamos en la cola de España en todo, mucho peor que antes de entrar en una comunidad autónoma inventada para «reforzar el estado central en contraposición al estado periférico», según dijeron en su día al alimón Peces Barba y Martín Villa, que por lo visto no ha servido de nada, porque sólo hay que mirar el panorama que hay por «esa periferia» para comprobar que nuestro sacrificio ha sido totalmente estéril.

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