El último patrimonio del pueblo

13 ago 2012 0 comentarios

Tribuna del Diario de León por la escritora Ara Antón, 13/8/2012.- Mucho se ha escrito, no sólo en el momento actual, también a lo largo de los siglos XIX y XX, a favor o en contra de nuestras juntas vecinales, pero como leonesa y amante de las tradiciones no puedo evitar poner una piedra más para el mantenimiento de este duro camino, que resiste y se alarga, a pesar de los embates sufridos con el paso del tiempo. Algunos historiadores datan la creación de los concejos allá por los siglos en que nuestros reyes ensanchaban fronteras y eran temidos y respetados. Otros opinan que de instituciones visigodas se trata. Personalmente creo —con perdón de todos ellos, sin duda mucho más cualificados— que ya nuestros olvidados astures, herederos de culturas celtas, celebraban este tipo de asambleas, para poner orden en sus hombres y tierras.
Eran de asistencia obligatoria, ya que para opinar, defender o denostar algo, había que hacerlo en público, a cara descubierta y sin rodeos o cotilleos que a nada efectivo conducían. Los cabezas de familia habían de acudir a la llamada de la campana, para refrendar o contestar con su voto las propuestas que gobernaban —y todavía gobiernan— aguas, tierras y los variados recursos que de ellas se deriven, para mejora y aprovechamiento de sus habitantes.
Pero llegó el siglo XIX y con él los liberales que, muy «progres» ellos, vieron unas riquezas de las que desearon apropiarse, partiendo de la base de que los rústicos eran idiotas e incapaces de gestionar su patrimonio.
Y no sólo tomaron las tierras y posesiones eclesiásticas, intentaron también hacer lo propio con los montes, manantiales, pastos, aire y luz de las aldeas. Pero se resistieron los paisanos con uñas y dientes y el Estatuto Municipal del 8 de marzo de 1924 acabó por admitir y reforzar el reconocimiento jurídico y la titularidad de las tierras de las juntas vecinales.
La institución no sólo es modelo de democracia participativa y de libertad, sino que además es única en Europa y no genera ningún gasto, ya que sus pedáneos y vocales, en un país que vive para mantener a sus políticos, no cobran ni un duro —perdón; ni un euro—. Quizá por eso no han perdido ni un centímetro de su patrimonio territorial, sino que han conseguido incrementarlo, casi siempre a costa de la decadente nobleza, con la que estuvieron enfrentados en todo momento, defendiendo lo suyo.
Y ahora, en un tiempo en que la boca se nos llena de democracia, volvemos a intentar hacer desaparecer los concejos. Sin duda es un momento idóneo. Los pueblos están habitados por ancianos, la despoblación aumenta por momentos y, sobre todo, hay que llenar las arcas para seguir dilapidando. Pero si las juntas vecinales desaparecen y los pocos habitantes que queden se desentienden de montes y manantiales que ya no les pertenecen, ¿quién se encargará de su conservación? ¿Lo hará tal vez un Estado que ya ni siquiera es capaz de proteger debidamente a sus enfermos y ancianos, sectores de la sociedad que mayor apoyo necesitan?
Desengañémonos. Nadie lo hará, y el monte bajará a los caminos y los animales salvajes usarán las carreteras y los pocos manantiales de aguas puras de montaña que aún se conservan desaparecerán porque nadie limpiará el hontanar ni el cauce.
Sin duda es el momento de cometer la injusticia, levantando bienes que siempre ha pertenecido al pueblo. Los ancianos, cansados de trabajos y años, no tendrán fuerzas para oponerse. O quizá sí, y volvamos a ver, como indica la documentación de Marrubio del año 56, como unos vecinos, hombres y mujeres, armados con palos, hoces y objetos de labor, obligaron a suspender una repoblación de pinos con la que no estaban de acuerdo, pues les dejaba sin pastos y leña.
El leonés fue siempre un hombre libre, sin señores ni leyes más allá del derecho consuetudinario. Esto no deben olvidarlo algunos políticos, la nueva nobleza, casta de inútiles señoritos, que no ven más allá del beneficio inmediato y no son capaces de imaginar el daño que se seguirá de una ley que traería consigo el abandono definitivo de la tierra, al arrebatarle al pueblo su último patrimonio.

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