…en Heidi

2 jul 2013 0 comentarios

Desde el corral de casa donde esta aparcado con las puertas abiertas, a mis 12 años recién cumplidos y junto a parte de mi familia, mi madre y dos hermanos, nos metemos en un seiscientos amarillo dirección a un nuevo lugar llamado Carabanchel, en la gran ciudad de Madrid, para no sabía entonces, cuanto tiempo. Un largo, monótono y ajetreado viaje a través del llano castellano nos esperaba. Guardo el recuerdo nítido de la explanada en el pueblo de Mayorga de Campos, llena de aperos de hierro oxidado, donde comíamos bajo el sol de verano, juntos, unos bocadillos que mi madre nos había preparado por si surgía la ocasión. Mientras, mi primo Miguel Carracedo buscaba la manera de arreglar el sistema de refrigeración del 600, que echaba una nube de humo por el motor. Fueron varias horas bajo el sol de Mayorga hasta reanudar el incierto camino que contemplaba en marcha desde mi asiento con una mezcla de tristeza e incertidumbre. Desde la ventanilla no dejaba de mirar cada segundo el paisaje en movimiento con sus pueblos a lo lejos, en la llanura amarilla y sus torres de iglesia sobre las modestas casas agrupadas a su derredor que parece que la sostuvieran.
Cuando quedaban unos 50 km. Miguel comento que esa distancia se nos haría mas corta que ninguna. No se muy bien porque lo dijo pero, para mi, fueron los kilómetros mas largos que nunca había recorrido metido en un vehículo, entre túneles y autopistas y cada vez más cohes a nuestros lados, fuimos llegando y llegando  a la ciudad…
Así por fin, a la luz de las farolas y focos de vehículos, llegamos de verdad al barrio que me esperaba, Carabanchel. En la calle denominada Avda. de Oporto. Un lugar en el que creo, desde el primer momento en que puse los pies en el, tuve la profunda convicción, inconsciente; de que era para mi, un lugar de paso. De la misma forma que pienso ahora, después de todo lo sucedido, que ese montón de agua demoledora de vida que cubre el valle, algún día desaparecerá. Por que es lo justo y es lo natural, sencillamente. Y por que no decirlo, por que el agua fluye.
Ahí debía quedarme hasta regresar. Eso sería desde entonces lo que marcaría mi ciclo de vida, volver a mi pueblo. Algo que sucedería en vacaciones pero que suponía para mí, mucho más que eso. No recuerdo sufrir ningún trauma ni nada parecido, solamente los días pasaban sin mayores alicientes fuera del colegio, que mirar los coches y la gente pasar desde la ventana a través de las rejas que la guardaban. Todos los amigos que hice callejeando en aquel triste barrio madrileño nunca llegaron ya, a significar tanto como aquellos con los que compartí mi infancia en el corral. Y nos es que no quisiera hacer amigos por estar amargado al venir a la ciudad, no. Como he dicho, ni siquiera lo recuerdo. Sencillamente, por mi experiencia, creo que la vida en la ciudad es, por muchas razones, aburrida y triste. Un lugar inhóspito para un niño en el que no queda más alternativa que ser rescatado por sus mayores dejando pocas posibilidades para desarrollar sus instintos de niño, poco más allá de la acera de casa. Un mundo sin duda aburrido en el que mis raíces solo se deslizaron por su superficie y obligado por las circunstancias.
Quizá ahora entendáis un poco el porque del título de este texto, Heidi; que sin ánimo de querer ser sensiblero, he de reconocer, su recuerdo frente al televisor en las tardes del sábado en el piso de la avenida de Oporto, viendo los capítulos que me hacían estremecer de emoción; como lo hacen ahora al volver a verlos 35 años después, junto a mis hijos.
Heidi, una bonita historia para nuestros pequeños hijos, llena de sensibilidad. Os la recomiendo.

RIAÑO VIVE
Plataforma por la Recuperación del Valle de Riaño

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