…en Tablanca

29 jun 2014 0 comentarios

Edición de la obra de J.M. Pereda titulada, “Peñas arriba” 
Hacemos aquí nuestro particular y pequeño homenaje a la obra literaria realizada por José María de Pereda hace unos 120 años y titulada “Peñas arriba”. La narración exhaustiva de una historia situada en el mundo rural de entonces, en un pequeño pueblo de la Montaña Cántabra llamado por él autor, Tablanca. La Montaña y su mito, junto a sus gentes, en un tono bucólico; donde las costumbres y la tradición y el respeto hacia ellas, son el hilo conductor y que a todos les une. Es esta obra una manifestación en contra de la insensibilidad y la abulia ciudadanas de eruditos sabedores, que por eruditos, se convierten en estúpidos personajes, víctimas de su propia arrogancia en la ignorancia profunda de lo que les rodea. Es en sí esta obra una lanza en defensa de la gente de los pueblos y de su “sabia ignorancia”.
Queremos mostrar algunos pases del libro por su clarificadora intención en el contexto de finales del siglo XIX donde ya estaban creciendo las semillas del futuro que hoy conocemos y que podemos muy bien llamar: “la apisonadora del Estado”.
El Sr. De la Torre de Provedaño dice al visitante de su casa y hacienda en el campo:
“…Yo le diría al Estado desde aquí: Tómate en el concepto que más te plazca, lo que en buena y estricta justicia te debemos de nuestra pobreza para levantar las cargas comunes de la patria; pero déjanos los demás para hacer de ello lo que mejor nos parezca; déjanos nuestros bienes comunales, nuestras sabias ordenanzas, nuestros tradicionales y libres concejos, en fin;(y diciéndolo a la moda del día) nuestra autonomía municipal, y Cristo con todos”.
“Que las leyes se deriven de la Naturaleza de las cosas mismas. Que las leyes se acomoden a los pueblos, no los pueblos a las leyes de otra parte porque en ella den buenos frutos”
El “médiquillo” del pueblo, en conversación con el ilustre personaje venido desde Madrid al pueblo de Tablanca…:
“Quien haya tenido la desgracia de nacer y vivir entre calles urbanizadas y vecinos temporeros sin otros horizontes a la vista que las bocas extremas de la calle, ni otros cielo que la menguada tira de él, columbrada por la rendija de los contrapuestos aleros de ambas aceras, y se sienta arrastrado por las seducciones de la vida mundana, por la fiebre de la política, o fiebre de la Bolsa, o por el hechizo de los salones y espectáculos; quien viva, en suma, obligado por el gusto o la necesidad, aclimatado a los ruidos de la muchedumbres y al estruendo de las máquinas, y, como reñido con el sol… No sabrá nunca, no penetrará jamás, lo que hablan, lo que dicen, lo que enseñan; la fuerza, el poder atractivo y vivificante que poseen esos mil componentes de la vida regional gozada al aire libre y de padres a hijos…”
“¿Por qué ha de ser el hombre de los campos el que se eleve hasta el hombre de la ciudad y no el hombre de la ciudad el que descienda con su entendimiento, más luminoso hasta el hombre de los campos para entenderse mejor?”
Vicente y Cris, dos paisanos del pueblo de Riaño (ya fallecidos), una mañana de domingo, conversando. Os recordamos.
El sentimiento positivo y “regeneracionista” que Pereda manifiestó en 1897, es aplicable a nuestros días con sus propias palabras e ideas, tal como el las plantea en su obra:

Encontrar ese equilibrio es el objetivo, no lleno de dificultades. Según él, el cuerpo social, gastada su sensibilidad con tantos y continuos sucesos acontecidos en tan poco espacio de tiempo, no se conmueve con nada. La fe en lo divino y el sentimiento de lo más noble en lo humano, van relegándose al montón de las cosas inútiles, cuando no perjudiciales. No es posible ya ni siquiera de  buen gusto sentir entusiasmo por nada. Verdadera agonía del espíritu social. De eso adolecen los tiempos actuales y por ahí venia la muerte del cuerpo colectivo. Le corroe la gangrena  por los grandes centros de su organismo atiborrado: por la ciudad, la academia, la política, la bolsa… Torrente circulatorio de las insaciables ambiciones del hombre culto. Pero por misericordia de Dios quedan sanas aun las extremidades que son las aldeas montaraces y sus bienes comunales que con mucho tiempo y paciencia podrían purificarse y reconstruir la parte corrompida de los centros. Y es trabajo bien honroso y entretenido el que procuran la conservación y hasta el fomento de esto que me he atrevido a llamar Tesoro a riesgo de que ustedes se rían de ello y de mis candorosos idealismos.
La gran obra en sí, consiste en la unificación de miras y voluntades para el bien común.
Riaño Vive.

Plataforma por la Recuperación del Valle de Riaño

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