Jaque al Inquisidor

8 feb 2006 0 comentarios

EL DIRECTOR del Instituto de Castilla y León de la Lengua, Gonzalo Santonja, no se ha pasado cuatro pueblos. Ha llenado las cuatro esquinas de la Comunidad de basura intelectual, aunque ya tenga en su vitrina el Premio de las Letras de Castilla y León. Ha llamado termitas, menopáusicos aficionados, delictivos y otras lindezas, a los miembros de la Asociación Promonumenta. Un auténtico desvarío.Un ejemplo más de cómo algunos intelectuales han perdido la sensatez, el espiritu de tolerancia, y se encuentran inmersos en el resentimiento y la descalificación de la extrema derecha. Hace pocas fechas, Gonzalo Santonja, al que he leído y no conozco, se prestó a vociferar una proclama en Salamanca contra el traslado de los «papeles» de la Generalitat a Barcelona.

Al acto, que tuvo la altura intelectual de Mañueco y de Lanzarote, asistieron unas 500 personas. Es decir, no acudieron ni los militantes populares de la ciudad y provincia charra, cansados ya de tanta manipulación. La Asociación Promonumenta, independientemente de las opiniones puntuales de algunos de sus dirigentes, es un ejemplo de la vitalidad de la sociedad civil leonesa. Ojalá otros muchos colectivos imitaran su esfuerzo, dedicación y entrega. Cumple una labor insustituible en defensa de nuestro patrimonio. Un patrimonio tan rico y tan dejado de la mano de Dios, de las instituciones y de los hombres. Y lo hace como en la vieja tradición comunal, llamando a sus asociados a una hacendera altruista para recuperar bienes de inestimable valor. Da lo mismo que sea en labores de limpieza y recuperación, o con publicaciones y reivindicaciones. Y, últimame nte, hasta con exposiciones como la exhibida en la Casa de Carnicerías. Las hacenderas son hijas de la necesidad. Y también la tarjeta oro de la solidaridad. Las recuerdo en mi pueblo mínimo para arreglar un camino, limpiar una presa o poner a pie de obra arena y cascajo a quien iniciaba la construcción de su vivienda. Era una actividad májica. Nunca faltaba ilusión ni trabajo. Si sobraba algo, era escabeche y vino. La independencia de Promonumenta le puede resultar incómoda a caciques culturales y, sobre todo, a algunos responsables políticos. Son esos políticos expertos en la ideología de la adhesión inquebrantable y la práctica del clientelismo político con fondos públicos de todos los ciudadanos y no sólo de sus votantes. Aquí mismo, en León, existen. Si vuelven los ojos al Ayuntamiento, los visionan. Promonumenta puede estar orgullosa de su labor y del reconocimiento de la mayoría de la sociedad leonesa. No es la primera vez que pongo altavoces en este balcón para vocear su impagable tarea. En cambio, el Instituto de Castilla y León de la Lengua debería tener otra altura de miras. Y también un proyecto intelectualmente más ambicioso, de acuerdo con la creciente importancia del idioma castellano en el mundo. Pero para ello necesita un director que no sea un mero instrumento partidario. Y mucho menos, un inquisidor de las mejores iniciativas ciudadanas. Si yo fuera un buen ajedrecista, que no es el caso, le prepararía el jaque mate.
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