JUAN I, EL ÚLTIMO REY DE LEÓN (1296-1300)

10 ene 2013 0 comentarios

Podría decirse que desde la muerte de Fernando III (1252) hasta los Reyes Católicos (finales del s. XV) la historia de la Corona de Castilla es una sucesión casi sin fin de guerras civiles. Este oscuro y  largo periodo comenzó en la fase final del reinado de Alfonso X “El Sabio” (1252-1284), debido a las rebeliones nobiliarias y a las ambiciones de sus hijos. 

Descendencia de Alfonso X el Sabio
En 1275 murió Fernando de la Cerda, el heredero, lo que creó un caos sucesorio debido a los cambios legislativos introducidos por Alfonso. Las dudas del rey entre los distintos candidatos llegaron a plantear una división de la Corona, lo que no hizo más que aumentar el desconcierto y el descontento. Sancho (futuro Sancho IV), su hijo segundogénito, apoyado por muchos familiares, casi toda la nobleza y las ciudades, se rebeló contra él. Alfonso X se vio obligado a huir al sur de la Península, y se sometió a la humillación de entregar su corona a los moros a cambio de su ayuda militar. Cuando empezaba a recuperarse militarmente frente a su hijo, le sorprendió la muerte en 1284, si bien en enero de ese mismo año dejó unas disposiciones testamentarias en las que desheredaba a Sancho y repartía sus territorios entre distintos herederos, aunque con la condición de que prestaran vasallaje a su nieto Alfonso de la Cerda (hijo de Fernando).
Escudo de Juan I de León
Este testamento no se respetó, y las cosas no mejoraron durante el reinado de Sancho IV (1284-1295). Entre otras cosas, este rey tuvo que hacer frente a las rebeliones de su hermano Juan, que es el verdadero protagonista de esta entrada. El infante Juan en principio había formado parte de las filas de Sancho durante la guerra civil contra su padre Alfonso, pero pasado un tiempo se arrepintió y obtuvo el perdón paterno, cambiando de bando y llegando a dirigir varios ejércitos de su padre. A partir de la muerte de Alfonso X se dedicó a complicar todo lo posible la vida de su hermano, conspirando desde Portugal y Marruecos. Se puso al servicio del rey de Fez y en 1294 atacó la ciudad de Tarifa, que estaba defendida por Alonso Pérez de Guzmán, que posteriormente sería conocido como “Guzmán el Bueno”: allí tuvo lugar el famoso episodio en el que las tropas moras y el infante don Juan exigieron la rendición de la plaza, o de lo contrario ejecutarían al hijo de Alonso, al que tenían prisionero. Éste se negó a ello, e incluso les arrojó una daga para que cumplieran su amenaza, cosa que hicieron, cortándole la cabeza y lanzándola dentro de Tarifa con una catapulta. De todas formas, los asaltantes no pudieron hacerse con la plaza, así que Juan se retiró al reino moro de Granada para seguir conspirando contra su hermano Sancho IV, quien falleció poco después, en la primavera de 1295, dejando como sucesor a su hijo Fernando IV, que sólo tenía diez años y que estaba bajo la tutela de su madre, la famosa María de Molina. 
María de Molina presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1295. 
Estos hechos provocaron que aumentara la inestabilidad de la Corona, con toda una serie de pretendientes al trono, porque además del propio don Juan también apareció en escena Alfonso de la Cerda, el mencionado hijo de Fernando de la Cerda, y nieto por tanto de Alfonso X. Tío y sobrino acordaron en 1296 repartirse la Corona, correspondiendo León (con Galicia, Asturias, León, Extremadura y Sevilla) a Juan, y Castilla a Alfonso. Todos estos movimientos resultaron muy atractivos para los reinos de Aragón y Portugal, que intentaron sacar tajada aliándose con los dos pretendientes en su lucha contra Fernando IV. El rey de Aragón envió un ejército comandado por Pedro, su hijo menor, que fue devastando todo lo que encontraban a su paso, y que se reunió con don Juan en la ciudad de León. Allí, según la Crónica de los Reyes de Castilla, el infante “llamóse rey de León é de Galicia é de Sevilla”, es decir, se proclamó rey de la Corona leonesa con el nombre de Juan I. Después los aliados se dirigieron a Sahagún, donde proclamaron rey de Castilla a Alfonso de la Cerda (“llamaron y á don Alfonso, fijo del infante don Fernando, rey de Castilla, é de Toledo, é de Córdoba, é de Murcia é de Jahen”). En esa villa planearon que su siguiente paso sería tomar Burgos, pero finalmente Juan convenció a los coaligados de la conveniencia de atacar Mayorga. Juntos cercaron la villa durante todo el verano, e incluso el rey de Portugal se dirigió hacia allí para ayudarles, pero durante ese tiempo sufrieron la peste. Una de las víctimas mortales fue el infante aragonés: sus tropas recogieron su cuerpo y regresaron a Aragón, por lo que Juan y Alfonso abandonaron el cerco y fueron a Salamanca al encuentro de Dionisio I, el rey de Portugal, para convencerlo de atacar Valladolid, donde se encontraban Fernando IV y su madre. El portugués accedió, pero la diplomacia de María de Molina y las deserciones de algunos nobles le hicieron desistir y regresó a su reino. 
Don Juan volvió a León, y la reina regente propuso a sus nobles que asediaran la ciudad, pero ellos se opusieron, así que tuvo que contentarse con cercar la villa de Paredes, donde estaba doña María, “mujer del infante don Juan, que se llamaba reina de León”. Dicen las crónicas que las huestes agresoras no ponían mucho empeño en tomar la villa, a pesar de que dispusieron de todo tipo de máquinas de guerra. Además, la regente también tuvo que sufrir deserciones como la del gallego Fernando Rodríguez de Castro, que se pasó a las filas de don Juan, por lo que finalmente levantaron el sitio y regresaron a Valladolid. A pesar de este revés, María de Molina demostró una vez más sus grandes dotes diplomáticas al lograr que el rey de Portugal aceptase el matrimonio de Fernando IV con su hija Constanza, con lo que los portugueses abandonaron el partido de Juan de León y comenzaron a apoyar militarmente a Fernando IV y a su madre. Con esta ayuda invadieron los territorios de Juan I, quien se vio recluido en la capital leonesa. 
Tanto Juan como su sobrino Alfonso comenzaron a aplicar la guerra económica, falsificando moneda en grandes cantidades para perjudicar al bando realista. Don Juan la acuñó en León y en Castrotorafe, y la Crónica de los Reyes de Castilla dice que sus monedas eran idénticas a las de Fernando IV, pero con un valor en metal muy inferior, y que con ellas “confondieron toda la buena moneda de este rey don Fernando, é por esta razón toda la tierra fue en grand turbamiento, lo uno porque la moneda non la conoscian los omes, lo otro porque pujaron las cosas á muy gran prescio”. Sin embargo, también acuñó moneda en su nombre, pues existen decenas de ejemplares con un león pasante en el reverso y la leyenda “+I(OHAN) REX LEGIONIS/+ET LEGIONIS”. Es decir, tenemos la constancia de que Juan se consideró rey de León con todas las de la ley, llegando al atrevimiento de acuñar moneda, que era un privilegio reservado a la realeza (aunque lo podía delegar en monasterios u obispados). 
Moneda de Juan I de León.
La reina María de Molina quiso seguir azuzando al rey portugués contra Juan I de León, pero Dionisio no se mostró de acuerdo y maniobró todo lo que pudo en secreto para que su antiguo aliado mantuviera el reino de León y Galicia. Al enterarse de ello, María se reunió con los representantes de los concejos de las diferentes villas y ciudades, y les expuso su oposición a aceptar esta división de la Corona. Logró convencerlos, y a la vista de ello Dionisio I renunció a sus planes y regresó a Portugal. El bando realista sufrió más amenazas de deserciones (sobre todo por parte de gallegos y asturianos), pero la reina supo apagar estos fuegos con promesas y la concesión de privilegios y villas a los nobles implicados. 
El infante Enrique, otro hijo de Alfonso X, aunque era tutor de su sobrino Fernando IV y, por tanto, uno de los puntales del partido realista, en ocasiones navegó entre dos aguas, y llegó a animar a Zamora, Salamanca, Benavente, Mayorga y Villalpando que se pasaran al bando de Juan I. 
En abril del año 1300 se convocaron cortes en la ciudad de Valladolid, a las que acudieron el mayordomo y al canciller de Juan I: tras unas cortas negociaciones, y cumpliendo el mandado de su señor, acordaron que don Juan renunciaría a la corona leonesa y que reconocería a su sobrino Fernando IV como su legítimo rey. Finalizaba así el intento más serio que hubo de volver a partir la Corona de Castilla, y con él el último (corto) periodo en el que León fue reino independiente (1296-1300). Aún así, las cortes del año siguiente se hicieron por separado (“por guardarse de pelea”), reuniéndose las ciudades castellanas en Burgos, y las leonesas en Zamora. 
El infante don Juan siguió siendo protagonista de los acontecimientos posteriores de la Corona de Castilla hasta su muerte frente a los moros en la Vega de Granada en 1319. Parece que fue sepultado en la Catedral de Burgos, si bien en 1310 había estipulado que debía ser enterrado en la Catedral de Astorga, e incluso concedió algunos privilegios a esta última para alojar su cadáver. Es un asunto que no está nada claro, y aunque su tumba está más o menos identificada en la capital castellana, hay historiadores que defienden que en realidad está enterrado en la ciudad asturicense. 

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