La prehistoria del ‘boom’ literario leonés: colaboración en el Diario de León

3 dic 2012 0 comentarios

Os copio un artículo de Emilio Gancedo publicado este domingo en la revista “Filandón” del Diario de León, en el que colaboré activamente. Mi aportación trató sobre los primeros cronistas leoneses. A ver si os gusta…

La prehistoria del ‘boom’ literario leonés

Una ‘lista de la compra’, un peregrinaje asombroso y crónicas regias, entre los primeros textos de esta tierra. desde una monja que en el siglo IV recorrió 14.000 kilómetros a un obispo que no dudaba en entrar en combate, la historia de los primeros autores leoneses es tan desconocida como atrayente.

Quien diga que las letras son cosa alejada por completo de lo prosaico y lo alimenticio anda bien errado si de lo que se trata es de rastrear los más antiguos vestigios de la literatura en tierras leonesas: de hecho, el primer texto de que se dispone —o al menos el que más celebridad ha alcanzado— nada tiene de retórico y sí mucho de humilde y cotidiano: la famosa Nodicia de kesos no es sino una especie de ‘lista de la compra’ en la que un monje dejó escritos los quesos que se llevaban gastados en su monasterio, el de los monjes Justo y Pastor de Rozuela, cerca de Ardón. Los expertos han datado entre 974 y 980 este garrapateo en un latín ya tan popular y desfigurado que no puede considerarse tal, y sí una especie de ‘protorromance’, de lengua a caballo entre el latín y el leonés, anterior incluso a las muy famosas glosas Silenses y Emilianenses que se estudian en todos los colegios. De hecho, en este antiquísimo texto aparece un término popular aún muy usado en esta tierra, bacelare, o sea, ‘barcillar’ o ‘bacillar’ (viña, viña nueva). Esto es, que el primer escritor (¿sería mejor decir escribidor?) de quien tenemos noticia palmaria es Jimeno y esto es lo que legó a la posteridad como uno de los iniciadores de la tan alabada tradición literaria leonesa:
«Relación de los quesos que gastó el hermano Jimeno: en el trabajo de los frailes, en las viñas de cerca de San Justo, cinco quesos. En el otro del abad, dos quesos. En el que pusieron este año, cuatro quesos. En el de Castrillo, uno. En la viña mayor, dos (…), que llevaron en fonsado a la torre, dos. Que llevaron a Cea cuando hicieron la mesa, dos. Dos que llevaron a León (…), otro que lleva el sobrino de Gomi (…), cuatro que gastaron cuando el rey vino a Rozuela. Uno cuando Salvador vino aquí».
El modesto Jimeno encarna la prehistoria de la literatura leonesa romance (sea en leonés o en castellano), pero otro personaje aún más fascinante —por el hecho de ser mujer, y mujer que cubrió enormes distancias en un asombroso peregrinar que luego fijó en un libro— es Egeria, autora nada menos que del siglo IV cuyo nacimiento permanece aún envuelto en brumas pero que varios expertos han situado en el Bierzo (es necesario recordar, en la disputa con Galicia, que en aquel entonces el término Gallaecia incluía no sólo la vecina Comunidad sino también gran parte de Asturias y León). Así, se sabe que Egeria o Etheria visitó los Santos Lugares (Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia, Asia Menor y Constantinopla), en un viaje emprendido entre 381 y 384 y que recogió sus impresiones en el Itinerarium ad Loca Sancta, obra empleada incluso como guía por el gran detallismo de sus apuntes. Esta audaz monja o abadesa, la primera gran viajera española, cubrió cerca de 14.000 kilómetros y su testimonio, documento excepcional en la historia de la literatura, salió a la luz en 1884, cuando Gian Francesco Gamurrini lo descubrió entre varios documentos de la Biblioteca de la Fraternidad de Santa María de Arezzo, procedentes de Montecassino. Es de notar que en el siglo VII el abad Valerio envió una Carta a los monjes del Bierzo en la que alababa la labor de Egeria.
¿Y después? De los nacidos en esta tierra habría que referirse a los cronistas del Reino de León, tan desconocidos para el gran público como de labor vital para aquel antiguo Estado. «Sampiro es el primer cronista leonés cuyo nombre conocemos —cuenta el historiador Ricardo Chao—. No sabemos prácticamente nada sobre su vida, salvo que fue notario real de Vermudo II y mayordomo del rey Alfonso V, y que fue nombrado obispo de Astorga desde 1035 hasta su muerte en 1041». Sampiro escribió una crónica en la que trataba el reinado de Alfonso III (866-910), el último de Asturias, y los tiempos de los primeros reyes propiamente leoneses hasta Alfonso V. «Como es lógico, Sampiro refleja de manera complaciente a los monarcas a los que sirvió, aunque su crónica es muy importante al transmitirnos información de primera mano sobre ellos», informa el autor de El encargo del rey.
En cambio, se conocen más detalles de la vida de Lucas de Tuy, clérigo leonés que desarrolló la mayor parte de su actividad intelectual en la primera mitad del siglo XIII, y que recibió el apelativo ‘de Tuy’ o ‘Tudense’ cuando fue nombrado obispo de esa ciudad. «Lucas fue un consumado viajero, ya que visitó lugares tan alejados como Roma, Jerusalén, Armenia o Grecia —comenta—. Se considera que su obra Chronicon Mundi fue una de las primeras ‘crónicas oficiales’ en la historia de Hispania, ya que le fue encargada en torno a 1236 por Berenguela de Castilla, la ex mujer de Alfonso IX que fue la verdadera artífice de la unión de las coronas leonesa y castellana en 1230. Berenguela y su hijo Fernando III seguramente pretendían que Lucas refundiese crónicas anteriores junto a cantares de gesta y romances castellanos para dar un punto de vista castellanista de la historia hispana. Sin embargo, no lo hizo así: debido tal vez a su condición de leonés, el Tudense se inspiró en las crónicas ya conocidas, pero también en obras leonesas hoy perdidas. El resultado no debió complacer a sus señores, ya que se apresuraron a encargar otra crónica a Rodrigo Jiménez de Rada, que los satisfizo con su De Rebus Hispaniae».
Otros cronistas aún más desconocidos son Pedro, obispo de León entre 1087 y 1111, que compuso una crónica sobre su coetáneo Alfonso VI hoy perdida («tal vez por reflejar un punto de vista leonés», apunta Chao) o Alón, obispo de Astorga de 1122 a 1131, posible padre de la Crónica Silense y del Cronicón Compostelano. Por su parte, Arnaldo, obispo de Astorga de 1144 a 1152, es el autor más probable de la Chronica Adefonsi Imperatoris, contemporánea a los tiempos que narra —el reinado de Alfonso VII el Emperador— y de gran calidad literaria. «Arnaldo fue uno de esos obispos a la vez políticos y guerreros, y de hecho participó en la toma de Almería», recuerda Chao.
Otro gran hito de la literatura medieval es el Libro de Alexandre, atribuido a Juan Lorenzo de Astorga (finales del siglo XIII, principios del XIV). O bien fue el autor de esta gran obra que narra la vida de Alejandro Magno o bien lo copió introduciendo multitud de rasgos de su lengua materna, el leonés. «De su vida sólo conocemos su nombre, porque firmó con él en el colofón, pero esta firma y su forma de escribir demuestran que en la Edad Media existieron obras literarias en leonés —asegura Ricardo Chao—, que no se han conservado al ser sustituida esta lengua por el castellano, interrumpiéndose la transmisión en forma de copias que podrían haber llegado hasta nuestros días».
«Como puede comprobarse, es un hecho que conocemos muy pocos nombres de escritores y cronistas medievales leoneses —concluye el historiador—. Tenemos pistas de que, por el camino, se han perdido muchas obras, algo que es común a la Edad Media de toda Europa, pero en el caso de León se añade que la subida al trono de Fernando III supuso también la entronización de la lengua y la literatura castellanas, y desde el poder se promovieron toda una serie de obras con el fin de construir una historia nueva y mitificada. Todavía queda mucho por investigar y quizá puedan llegar las sorpresas, pero la realidad es que muchas de estas obras leonesas se perdieron para siempre y que el nombre de sus autores también cayó en el olvido».

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