Las juntas vecinales sobrevivirán

15 ago 2012 0 comentarios

Tribuna del Diario de León, 15/8/2012. LUIS HERRERO RUBINAL CONCEJAL DEL Ixsa de San Andrés del Rabanedo.- Nacieron en aquellos tiempos en que fuimos el Reino de referencia: germen de la idea de España, cuna de reyes, caldo de fueros, semilla del parlamentarismo democrático. Entonces, como ahora, se demostró la utilidad de un sistema basado en la autogestión de los pueblos, en la democracia directa y en la optimización de los recursos comunes con el trabajo de los propios vecinos. Del conjunto de los vecinos. Montes, pastos y caza; leña, agua, caminos; cementerio y fiestas. Bienes y recursos de todos, «del común», gestionados por todos, conforme a las decisiones emanadas del concejo de cada pueblo.
Crecieron con los años, se desarrollaron con el paso de los siglos y, en la actualidad, conforman una realidad milenaria. Son parte, desde una muy destacada posición, de eso que se conoce como el acervo cultural, la idiosincrasia o la identidad de nuestra tierra. Las juntas vecinales son parte del «ser» leonés, de la cultura leonesa, de la identidad leonesa. Hasta el punto de que, sin esta institución señera, no sería concebible ni la vida ni la historia de la mayoría de los pueblos de León.
Contrasta el enraizamiento de esta expresión singular de organizarse los pueblos a través del tiempo, con los momentos cambiantes, pendulares y esquizofrénicos que nos ha tocado vivir. Tiempos en los que parece que hay que cambiarlo todo, ponerlo patas arriba para, a partir de ahí, volver a replantear lo cambiado en un círculo vicioso e infinito. Las juntas vecinales leonesas se erigen como un monumento, erguido y orgulloso, construido, piedra a piedra, pueblo a pueblo, año a año, con el consenso de generaciones a través de los tiempos.
La propuesta para talar el árbol milenario del concejo no se justifica, —esta vez, no—, por cuestiones monetarias ni crematísticas. Ese monumento enraizado y que apunta, con desafío señero, al cielo de León, es, precisamente, de las pocas cosas que hoy en día se mantienen sin que suponga un coste para los ciudadanos. Salvo un puñado de muy deshonrosas excepciones, los miles de alcaldes pedáneos y los demás miembros de las asambleas de las juntas vecinales no cobran emolumento alguno. Trabajan gratis. Por amor a su pueblo, por respeto a sus tradiciones y para beneficio del conjunto de los vecinos.
Tampoco se justifica la pretendida muerte de las juntas vecinales en la petición de los pueblos, en la acreditación de su obsolescencia o en una incipiente sospecha de la inutilidad de estas instituciones en los tiempos presentes. No. El señor de la motosierra avisa de su llegada, y nada más. Avisa de que vendrá, no le importa si será bien recibido, o no; y avisa de que llegará con una idea preconcebida: aniquilar a los pueblos de León.
Frente a la alarma generada en la provincia ante este anuncio, parece que la respuesta más responsable es la de la movilización.
Los pueblos necesitan un referente a quien seguir, en quien confiar. Hasta ahora la mayoría de los partidos políticos y el resto de organizaciones sociales han dado una respuesta más bien tibia: puede ser que estén esperando a que se diluyan los calores del verano. Mientras, como casi siempre desde hace siete meses, los parlamentarios nacionales del PP callan. Callan, y otorgan.
Mi opinión es que esta batalla la va a ganar, una vez más, la razón; y la va a perder un gobierno petulante, ignorante, corrosivo. Las juntas vecinales nacieron con el reino de León y, a partir de ese momento, han sobrevivido a todas las etapas históricas. Crecieron en el reino, mientras fue independiente, y también cuando se entrecruzaron anexiones y repartos de territorios, por herencias o botín de guerra. Sobrevivieron a la época de los señores feudales y del medioevo. Presenciaron desamortizaciones, pestes, hambrunas y hasta el rechazo al moro invasor. También fueron testigos del paso de dinastías reales y de repúblicas, a las que subsistieron en todos los casos. Ni los regímenes de generales y caudillos, que también superaron, fueron óbice para que el árbol del concejo leonés siguiera creciendo y floreciendo.
Sólo desde la configuración del actual marco autonómico ha perdido parte de su frondosidad, que no su propia supervivencia. Verbigracia la legislación autonómica en materia de Régimen Local o de Montes.
Por ello estoy convencido. Si sobrevivieron al inquisidor de la hoguera, superarán las aviesas intenciones de esta versión, en gallego, de un nuevo Torquemada. La voz de nuestras juntas vecinales saldrá triunfadora de esta batalla artificial. Ni este gobierno ni ningún otro podrá con ellas; venga o no cabalgando como Atila, que dejaba yermo el terreno a su paso. El final de este lamentable episodio será el grito, alto y claro, convencido y premonitorio, de los pueblos leoneses advirtiendo a un presidente, con el aspecto patético que ofrece mientras empuña la motosierra, que las juntas vecinales leonesas tienen cuerda para rato. Para otros mil años, o más.
O simplificando, tal vez en lenguaje más entendible para el nuevo señor barbado que mira a sus vasallos desde las alturas de palacio, dicho en tres palabras: «Te sobreviviremos. ¡Carallo!».

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