Los Alatristes de verdad

2 sep 2006 0 comentarios

La patria termina por definirse con las raíces del alma que cada cual establece. Puede coincidir con el lugar de nacimiento, o con el que nos ofrece un trabajo, descubrirse en la más tierna infancia o al borde de saludar a Caronte con el brillo de la moneda. Para Viggo Mortensen la de Diego de Alatriste se emplazaba en las montañas de León. Así lo quiso el actor, así lo aceptó Pérez Reverte, así lo ha descubierto media España.León ha exportado guerreros a lo largo de dos mil años de historia. Con Galba entramos en la Roma de los Césares, aupamos a Trajano al trono, plantamos cara al terco de Leovigildo, rey de los godos, y nos burlamos detrás de nuestras murallas de los sarracenos que asolaron media España en 711. Luego, cuando ya no restó tierra para conquistar, riquezas de las que apoderarse, bandera que enarbolar, nuestros segundones guardaron sus genealogías para combatir en los Tercios en nombre de los Austrias. Algo de peleón trasmiten nuestros genes, de hombres a la búsqueda de una causa justa o justificable.

Alatriste mejor debería llamarse Quiñones, Osorio, Balboa, o Castro. Duque de Estrada, que se jugó la vida por media Europa en el s. XVII, justificaba su paso por tanta guerra absurda explicando que se encontró forzado a ello después de degollar a su mujer y a su amante, a los que pilló en uno de esos momentos incómodos sin armario al alcance de una zancada. Así lo reconoce en su autobiografía de canalla disfrazado bajo la piel de un caballero.

El capitán Manuel de Quiñones Pimentel, nacido a orillas del Órbigo, peleó con su compañía en Barcelona (1651), en Flandes, en Italia, alcanzando fama y honor hasta que convirtió el noble pellejo de todo un príncipe italiano en objetivo de su certera espada. Y es que a un leonés no debe mentársele la familia salvo para ensalzarla. Ya lo advierten los anglosajones: si llamas a mi madre amante del rey te mataré, pues no nací bastardo, pero si aludes con ese nombre a mi abuela, recuerda que por mis venas corre sangre real.

Y qué se esconde detrás de las hazañas de Álvaro de Mendaña y Neira, descubridor de las Islas Salomón y de las Marquesas, o de Lope García de Castro, virrey del Perú, ambos bercianos de pro y de raíz milenaria, o de Antonio de Quiñones, que salvó la vida de Hernán Cortés… y luego perdió el tesoro real de Moctezuma por una cuestión de faldas allá por las islas Canarias.

Restan muchos Alatristes leoneses en el tintero, a la espera de una pluma que rescate su memoria y la aparte de las páginas de las crónicas y los documentos para inyectar sangre a sus venas. A los demás siempre nos quedarán sus aventuras para mecer nuestros sueños a la espera de un tiempo en el que probar nuestras espadas y desempolvar nuestras banderas por una nueva causa justa. Mientras tanto, bienvenido al Tercio de los leoneses ilustres, Viggo Mortensen.

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