Riaño Vive…en el siglo XXI

4 ago 2014 0 comentarios

De vuelta a casa al atardecer, con “la becera”
Calles vacias
La vida en un pueblo de montaña tiene muchos alicientes y en Riaño (León), nos atrevemos a decir, tenía su máxima expresión. Un lugar maravilloso donde todo lo vivido cobraba un especial dimensión. Su generosa Naturaleza, la belleza sublime de sus infinitos lugares, el carácter de su paisaje y su paisanaje, hacían de Riaño para quien lo descubría, un lugar inolvidable de donde si alguna vez te vas, volver. Las vivencias y experiencias de Riaño, parecen siempre ir en consonancia con la intensidad del relieve de sus omnipresentes montañas, que serán siempre aunque no aparezcan, el inevitable decorado de cada uno de esos momentos; que al ser recordados ya son recuerdo. Cada momento vivido en esos lugares, lleva el aderezo intenso de la Naturaleza, quedando impregnado para siempre en el subconsciente de cada uno, como haciendo presa de tus sentimientos. Un denominador común de todos los que tenemos algo que contar sobre Riaño.
Riaño, todo un mundo de sensaciones, por un sencillo recuerdo.
Mucho más que un recuerdo.
Y llegados aquí,  al momento que nos permite a todos aquellos que contamos lustros rodando por el tiempo; debo suponer, que la libertad que viví, que vivimos en nuestra infancia y pre adolescencia, es algo que difícilmente pueden experimentar los niños que hoy andan por nuestras calles. Pues la gran mayoría, lo hacen entre el cemento de los muros y calles de la ciudad. Y esto es algo probado, pues, lo vemos cada día de cerca con nuestros propios hijos. También, en el caso de los niños que habitan en lo que hoy se considera mundo rural, tampoco su relación con el medio que les rodea es el mismo que hace 30-40 años tuvimos, pues ya no existe esa forma de vida de convivencia estrecha con las personas y los recursos. Recursos que suponían a su vez, a través del duro trabajo, el sustento de cada familia. Hablo del gocho, de las vacas y el carro, de ir a hierba bajo el duro sol de las tardes de verano, de las patatas de la tierra, de las cebollas del huerto… de tantas cosas que significaban el día a día en un pueblo de montaña de verdad. Escenas inolvidables para nosotros, que fuimos los últimos niños en poder vivirlas y compartirlas. Algo muy distinto es lo que hoy se vive en nuestros pueblos, arrastrados, o engullidos, por el torbellino del progreso que en poco tiempo,  de alguna forma, les ha hecho perder su sentido por todo lo viejo que atesoran. Por lo que fueron concebidos; ahora ahogados, desorientados;  al abandono, relegados.
Calles vacías, donde en algunas de sus casas solo se aprecian puertas cerradas, con grandes portones de madera algunas; como tapias sobre ellas apoyados, que parecen decirte a gritos, ¡NO ESTAMOS! Algunas casas arregladas y otras, del todo abandonadas, caídas, derrumbadas, con las tejas colgando sobre su oscura morada y las viejas y oscuras bigas empinadas, sobresaliendo como estandartes de la nada. Es la atmósfera de un pueblo donde se respira el aire humano de la dejadez y el desarraigo,  curiosamente, más acentuado entre quienes en él “sobreviven”. Un pueblo enfadado consigo mismo, parece. Desordenado, sucio y destartalado, sin el menor atisbo de mimo o cuidado. Como un vagabundo de su vida hastiado. Que ironía, de los tiempos pasados de duro trabajo, de calles de barro, en los que la vida compartida humilde y sencilla, bullía en nuestros pueblos; que ha dado paso a solitarias calles de adoquines y asfalto, donde sus ausentes hoy, moran entre grandes bloques de hormigón y ladrillo, como ocupando en ellos su propio nicho. En un mundo urbano repleto de soledad, dificultades …y gente, en muchos casos malviviendo.
¿Qué hacer para renacer? …no olvidar, para comenzar.  
Calles vacías, cubiertas de asfalto y adoquín, donde las boñigas ya no adornan el suelo, ni su hedor impregna el aire del pueblo. Calles de barro, borradas de la faz de la memoria,  por eso que dicen, que “son otros tiempos”, de lo que antes fueron Pueblos. Construidos a sí mismos a través del tiempo, de días y días de acarrear por duros caminos, …y que hoy parecen haber perdido su sentido, dando la sensación de navegar por mares en los que pueden marcar su propio rumbo. Incapaces de ser dueños de su destino, culpables de nada y culpables de todo, pero sobre todo; de  haber vendido su esencia por dinero. Caminando a la deriva por una senda incierta donde solo la naturaleza que les rodea y les vio nacer, parece seguir su curso; borrando también sus huellas; las de los viejos hombres.
¿Qué hacer para renacer? Mucho amor y ¡calderos de alegría pues!
Riaño Vive.

Plataforma por la Recuperación del Valle de Riaño

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