Sobre encuestas, manifestaciones y democracia

13 jun 2006 0 comentarios

TRIBUNA D.L.
FirmaMiguel Ángel González González

El pasado 3 de junio se manifestaban en León más de 2.000 personas para exigir una autonomía para la región leonesa. Su impacto e importancia ha querido ser minimizado en diversos medios de comunicación. Sin embargo, al día siguiente, un periódico de Valladolid realiza una encuesta a 800 personas con preguntas tales como: «En una escala del 1 al 5, ¿en qué medida se siente usted castellano y leonés?», «¿Cree que la reforma del Estatuto de Autonomía de Castilla y León debería recoger alguna consideración especial sobre la provincia de León?». De acuerdo a ésta, casi un 80% de leoneses se siente mucho o bastante «castellano y leonés». Sorprenden varias cosas. La primera, el resultado: inverosímil. En una sociedad tan «castellana y leonesa» no es posible que prospere una manifestación que reivindique una comunidad autónoma más acorde con su identidad sin ningún respaldo político ni institucional. En segundo lugar, la pregunta no deja opciones: ¿es usted castellano y leonés o castellano y leonés?. En tercer lugar, ni el nacionalismo catalán, ni el vasco ni ningún otro ha llegado tan lejos como el nacionalismo castellano de Valladolid, el impulsor de la creación de la comunidad de Castilla y León, hasta el punto de inventarse el adjetivo «castellano y leonés». ¿Alguno de los 800 encuestados nació «castellano y leonés»? ¿Alguien se cree que algún vallisoletano se identifica como «castellano y leonés»? No, se identifican y se sienten castellanos, e identifican y consideran a los leoneses también como castellanos. Y los leoneses no se sienten castellanos en absoluto. Y hablo únicamente en el campo de los sentimientos, porque el oficial de la Real Academia Española es más contundente: «castellano» es lo perteneciente o relativo a la región de Castilla, «leonés» lo perteneciente o relativo al antiguo reino de León y «castellano y leonés» no existe. ¿Qué está pasando en España? La gente se echa las manos a la cabeza porque Cataluña quiere recoger en su estatuto que es una nación. Y aquí, en León, nos meten a la fuerza en una comunidad autónoma que no queríamos en un proceso de votación en los municipios que duró tan sólo ¡diez días! reconociendo incluso su artífice que «con el corazón en la mano hubiésemos preferido votar por León solo, pero han primado las razones de estado», nos ocultan nuestro pasado, nos arrebatan la gestión de nuestros recursos, como nuestros montes, un derecho por el que nuestros antepasados han luchado durante siglos y que ni señores, ni reyes, ni liberales habían conseguido usurparnos, nos dicen que ahora el mapa autonómico está cerrado mientras que expertos en Derecho Constitucional, como Carles Viver en las jornadas de Diario de León -«León: pasado, presente y futuro»-, dicen que no lo está, nos dicen que «Castilla y León» no son dos regiones sino una sola… y ahora nos dicen que somos y que nos sentimos profundamente «castellanos y leoneses». ¿Qué le pasa al poder político leonés? ¿Y a la Universidad de León? ¿Tan bien cogidos los tienen en Valladolid que no pueden objetar nada ante este disparate?

Si a mí me preguntaran en la calle si me gustaría que la provincia de León tuviera un trato privilegiado en la próxima reforma del Estatuto contestaría que no. Yo no quiero que la provincia de León tenga un trato privilegiado, quiero que tenga un trato justo, que se realicen en ella inversiones en infraestructuras y fijación industrial proporcionales a su peso demográfico, que se descentralice la administración, que ésta sea respetuoso con nuestro derecho consuetudinario, con nuestras instituciones, con nuestro patrimonio lingüístico (asturleonés y gallego), con nuestra cultura, con nuestra memoria histórica, etcétera. Y esta situación de igualdad y respeto está muy lejos de ser cierta. Sin embargo, no creo que reconocer que esta comunidad autónoma de «Castilla y León» está formada por dos regiones históricas distintas: León y Castilla, suponga dar un trato de privilegio a la provincia de León. Si sabemos que esta comunidad se creó con provincias procedentes de las regiones de León y Castilla la Vieja, si la propia denominación de la comunidad pone en evidencia que está formada por dos entidades regionales e históricas distintas, si el propio Procurador del Común en documento con nº de referencia Q/011-313/05 de fecha 27/10/2005 señalaba que «en definitiva, parece claro que la existencia de la Comunidad de Castilla y León responde a una decisión de carácter político en la cual coexisten dos elementos diferenciados: lo castellano y lo leonés.

Así se puede observar en las definiciones de «leonés» y «castellano» proporcionadas por el Diccionario de la real Academia Española, el cual diferencia entre los ciudadanos pertenecientes al antiguo reino de León y los pertenecientes a la región de Castilla, respectivamente» y que «como ya tuve ocasión de poner de manifiesto en mi comparecencia ante las Cortes de Castilla y León en fecha 21 de septiembre de 2004, en más de una ocasión he intervenido en defensa de la existencia de una conciencia de lo leonés. En concreto, respecto al contenido de algunos textos escolares y a la sustitución del guión por la conjunción copulativa ‘y’ para las menciones de todo lo que tenga que ver con la Comunidad de Castilla y León» o el documento con nº de referencia Q/011-2121/04 de fecha 22/2/2005 en el que subrayaba que «en diversas actuaciones realizadas en el pasado ya me he dirigido a la Administración autonómica, poniendo de manifiesto la necesidad de reconocer la existencia diferenciada de lo castellano y de lo leonés como elementos integrantes de la Comunidad Autónoma de Castilla y León». Si incluso el actual Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, afirmo en una entrevista a la revista de la Casa de León de Madrid: «La comunidad autónoma se compone de dos regiones completamente diferentes: Castilla y León». ¿Qué problema hay en que esta comunidad autónoma reconozca de una vez su carácter birregional?

Sin embargo no puede hacerlo, y no puede por varios motivos. El primero porque es fruto del peor nacionalismo que padecemos y hemos padecido en España: el castellano, sobre el que se ha querido construir la unidad de España y que ha dado como consecuencia la aparición de los nacionalismos catalán, vasco y gallego. Es el nacionalismo «integrador» que defiende Fernández de Santiago, presidente de las Cortes de Castilla y León y de la Fundación Villalar. El segundo porque este nacionalismo considera que toda el territorio de la comunidad es una región: Castilla la Vieja, y no saben o no quieren explicar que es el «y León» que figura en la denominación de la comunidad. Si reconocieran que «Castilla y León» son dos regiones, su legitimidad al ampararse en el artículo 2 de la Constitución quedaría en entredicho. El tercero y último, porque aquí no hay democracia, no hay un «predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado». Lo que hay es miedo a la democracia, en darle voz y capacidad de decisión al pueblo. El Emperador ha salido a la calle y todos le dicen «¡Qué hermoso el traje del Emperador!». Algunos incluso se querrán convencer de la belleza de sus colores, de la elegancia de su corte, de su riqueza,…Nadie se atreverá a decirle que ¡está en pelotas!

Felicitaciones a aquellos que siguieron adelante en la organización de esta manifestación, pese a no contar con respaldo de partido alguno e incluso con las reticencias de muchos, entre los que me incluyo. Nos han dado una buena lección.

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