Un exordio para un estatuto

8 sep 2006 0 comentarios

TRATAN DE ALUMBRAR un articulado estatutario reformado, con un preámbulo que, conteniendo apuntes interesados más que interesantes, encaja perfectamente desde la óptica de cualquier desapasionado lector en la onda de las soflamas. Soflama¿ digo preámbulo, perfectamente contestable, no ya sólo desde la lucidez leonesista, sino, y es lo más importante, desde la perspectiva normal del leonés de a pie, que acceda a leérselo.

¿Quiénes y qué es lo que pretenden? Naturalmente, los autonomistas del PP y del PSOE, al alimón autonómico, los regados por la gracia divina de su ópera: Villalar, centro neurálgico de todas las esencias comunitarias camperas y fundacionales, que quieren que nos traguemos la rueda de molino de su articulado, lubricándolo con la vaselina del exordio. O que nos la colguemos al cuello para que ahogue definitivamente todo el sentimiento regional leonés, desconocido en las entrañas estatutarias. Destinatarios: los castellanos viejos protegidos por este ente, y los leoneses aherrojados al mismo, por los eslabones elaborados con el duro material de la desidia interpretativa y ciega de los políticos de aquí. Los leoneses, los verdaderos maltratados desde los orígenes, desde la fase preautonómica, se lo deberemos siempre a los «nuestros» y a la incomprensión de los foráneos, quienes, prefieren que sigamos mirándonos el ombligo, ensimismados en el ego sum qui sum individualista leonés, de ahí el baño de connotación histórica ornamental del exordio.

Adorno, puesto que esa vestimenta histórica del preámbulo va realmente en pos del manejo político de unos sentimientos leoneses harto conocidos; y, empleada cual cortina de humo, no hay nada mejor para dar el tocomocho a los leoneses encelados en el «trapo» de la historia.

Hábilmente, los autonomistas de este ente, y en especial los del PSOE, y afinando más aun el señor Villalba, han buscado en la profesora leonesa, y de la Universidad de León, Margarita Torres, el posible contrapunto al conocido historiador Julio Valdeón, de siempre en el entramado castellanizante. Y con, o sin, el convencimiento de la historiadora leonesa que, indiscutiblemente aporta rigor histórico, y la situarán como «la parte leonesa en la reforma», lo aceptado será distribuido aquí y allá como justificación del ente dentro de la arbitrariedad política más absoluta.

No obstante, en verdad, la media docena de primeros párrafos del exordio así enlucidos, y totalmente alejado del deseo político, para el lector avisado, vienen a trastocar el fundamento de pueblo único, castellanoleonés, al que la Ley Orgánica, sancionada por el Rey el día 25 de abril del año 1983, daba categoría de peticionario y garante del Estatuto.

Mas, no importa que así lo interpretemos, el preámbulo se torna insidioso, por inoperante. Y puede que cumpla la sagaz misión de esparcir un cierto regodeo entre los leoneses. Pero, más allá del rigor histórico, en lo de «las dos coronas» o «de los territorios de ambas», señalando perfectamente quién es quién, lo dolorosamente cierto es que todo será manejado por el poder político, que es el que manda, designa y dirige; los ciudadanos tan sólo somos su herramienta útil del voto.

El retorcimiento político-autónomo-unitarista, para hacer un todo de lo que es pluralidad manifiesta, en lo cultural, social y de sentimientos casi siempre encontrados entre castellanos y los leoneses, quedará en la buena fe de una y en el contrapunto errante del otro. La historia para los políticos va o viene según les convenga.

Dos profesores de Derecho Constitucional, en la Universidad de Valladolid, Óscar Sánchez por el PSOE y Fernando Rey por el PP autonómicos, han sido los encargados de iluminar en el articulado, con el fosforito de lo subliminal, todo aquello que pretenden los autonomistas deglutamos los ciudadanos, para su justificación comunitaria (para ellos regional).

Del profesor Sánchez, entrevistado en este medio, recogemos, a modo de muestra, aquello de que, después de la reforma «deberá ser el Estatuto de la gente». Por cierto, el término gente, aun leído con la mejor voluntad interpretativa, resulta cuando menos desconsiderado. ¿Acaso no se da cuenta el profesor que esa gente, los ¡ciudadanos!, son los que dan sentido a la norma que él, y otros, pretenden reformar?

Entre las cuestiones más significativas, susceptibles de modificar, que cita el señor Sánchez, están: «Señas de identidad y acercamiento al ciudadano». ¡Precisamente las más clamorosas carencias de la comunidad! Señas de identidad, apuntamos, diseñadas sobre el papel acuartelado de castillos y leones, dos a dos, para dar cuerpo a un ente amorfo de voluntad política, nada más, muy lejos de la plura lidad citada en el rimbombante exordio, en tanto en la práctica se ejecuta, y nunca mejor dicho, con el arma insidiosa del olvido, la identidad o personalidad colectiva leonesa.

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